Sintomatología infantil en la encrucijada familiar

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Cuando un niño tiene dificultades emocionales, es excepcional que sea él mismo quien solicite una ayuda psicológica.

Ni él ni sus padres saben que los numerosos vínculos, personajes y familiares cercanos y lejanos en el tiempo, facilitaron la aparición de una serie de conflictos, algunos de los cuales se resuelven únicamente por la vía de la psicopatología.

Cuando recibimos a un sujeto en la consulta psicoanalítica, cualquiera que sea su edad, atraviesan el umbral una serie de figuras inesperadas pero muy presentes en el inconsciente. En este lugar que no nos deja de sorprender, viven estas identificaciones de lo actual y del pasado arcaico pero ahora, y es importante aclararlo, han pasado por un metabolismo absolutamente personal y singular (metábola, J. Laplanche).

Si no comprendemos al ser humano de esta manera, con su capacidad de síntesis propia, no sería necesario el psicoanálisis individual sino un cierto análisis generacional de familiares que, además de inoperante, significaría desconocer la esencia misma de la particularidad del sujeto.

El niño, especialmente en la primera infancia, está rodeado de un medio familiar, social y educacional que lo sumerge en las aguas de sus semejantes, pero afortunadamente es una vida llena de matices propios que lo hacen único, irrepetible e inclonable.

Lo frecuente es una llamada telefónica al finalizar el período escolar cuando el fracaso tiñe de gris las vacaciones familiares. Se escucha la apresurada voz de la madre, preocupada por su hijo que lleva varios meses con conductas diferentes a la de sus hermanos o compañeros, quienes muestran una envidiable y aparente normalidad.

Las primeras entrevistas causan extrañeza. Hay un niño con problemas y sin embargo empleamos dos o tres semanas en conversar con los padres, “pero… ¿cuándo va a ver al niño? Es él, el que necesita de su tratamiento, ya no tenemos nada más o nuevo que contarle”, escuchamos con paciencia frente al tiempo resolutivo de los padres.

Como ocurre con la demanda de una consulta psicoanalítica de adultos, detrás de la misma se esconden diversas motivaciones que quizás después de un tiempo podremos precisar. A veces son verdaderas sorpresas, como evitar una nueva repetición de curso, obtener un certificado justificativo ante los educadores, postergar una separación de los padres, mantenerlo en el rol de enfermo mental frente al resto de la familia sana y equilibrada, etc.

Las dificultades de los horarios al que son citados los padres, el lugar de la consulta o el pago de honorarios suelen ser argumentos a comprender, pero también a tener en cuenta como resistencias en el inicio de un análisis. Existe verdadera preocupación por el malestar del niño pero también temores a que si éste cambia, se produzca un desequilibrio en la precaria estabilidad familiar.

Este punto nos adelanta algo de una comprensión psicoanalítica específica de la psicopatología infantil. El malestar del niño está íntimamente relacionado con el funcionamiento de su familia, con la particular manera de vincularse entre sus miembros y también con los padres y hermanos de sus padres.

Las funciones que cada uno cumple, más allá de lo biológico, los secretos a voces y los que bajo el efecto de la represión son innombrables o más aún impensables (sin la posibilidad de encontrar representaciones mentales que puedan dar cuenta de ellos), producen efectos en el psiquismo infantil especialmente a nivel inconsciente, en forma de síntomas que aparentemente no guardan relación alguna con las características estructurales de la familia.

Esto de ninguna manera implica que el psiquismo infantil sea solo un receptáculo pasivo de los mensajes familiares. El sujeto desde que se constituye como tal tiene afortunadamente la capacidad de asimilar y transformar activamente los enigmas de su entorno.

En las entrevistas preliminares los padres pueden contarnos su punto de vista y sus hipótesis de lo que puede haber afectado al niño. También cada uno de ellos tienen algo que contarnos de sus expectativas y frustraciones con respecto a lo que su hijo es y lo que hubieran deseado que fuese. Difícil e imposible sueño que los hijos encarnen proyectos irrealizados de los padres. Cuando lo consiguen el precio es muy alto, más que criar un ser con sus libertades y responsabilidades ante sus propios deseos, son hermosos muñecos de un ventrílocuo que los sujeta para siempre pero sin vida propia.

En nuestra cultura es la madre quién recibe al niño desde su nacimiento y actúa como mediador fundamental entre la naturaleza, con su herencia biológica y genética, y el entorno familiar. Le presta sus fantasías y sus palabras (porta-palabra, Piera Aulagnier) para inscribirlo a través de un vínculo narcisista especial y especular en el orden de lo humano.

Corresponde al padre, como función, ser el tercero en discordia que irrumpe en este idilio entrañable, pero arriesgado si se perpetua, y permitir que en esta separación el niño evoque y fantasee con su madre ausente. Allí comienza la simbolización o los embriones del deseo humano. Allí comienza, al menos para el psicoanálisis, la sexualidad. Sexus significa sección, y ésta es la primera de una serie de seccionamientos y particiones.

Este paraíso perdido nunca se volverá a encontrar. Mejor así, será el señuelo para que a través de desplazamientos incesantes nuestra búsqueda se interrumpa solo con la muerte.

Desde Freud, muchos autores consideran los primeros años de vida de un ser humano como los cimientos básicos en la construcción de su personalidad.

Las características de la modalidad de sus vínculos y las diversas maneras de satisfacer el deseo, predisponen y facilitan determinadas patologías que pueden mantenerse larvadamente en la infancia y manifestarse en la adolescencia o en la adultez. Freud insistió en lo que llamaba “series complementarias”, la herencia, las vivencias infantiles y las causas desencadenantes, justamente para diferenciarse de otras psicologías que hacen hincapié solo en lo actual y presente de la vida de un sujeto.

El pasado, con sus amarguras y dulzuras, está siempre engarzado en la cotidianeidad de nuestra vida. Afortunadamente portamos un pasado, una historia, unas raíces, que con todas sus oscilaciones y defectos, formó nuestro ser.

La mayoría de los autores plantean los primeros momentos vinculares madre/bebé como un terreno sin fronteras y de continuidad, el Yo se constituye gracias y a pesar del semejante. Las mínimas variaciones emocionales de la madre son percibidas por el bebé quien tiene por el momento solo su cuerpo para recibir estos mensajes indescifrables.

Pero por otra parte la sonrisa y la ira del niño también llegan y modelan a la madre. Esta si no está muy perturbada, tiene capacidad para imaginar, pensar, fantasear, con respecto a su hijo y atribuirle significaciones que sin saberlo ella, están conectadas con su propia historia infantil. Una mujer que mira embelesada a su niño y dice “tiene la misma sonrisa de su abuelo (materno)” nos dice también algo importante de su relación con su padre.

Lebovici, “El lactante, su madre y el psicoanalista” (1983), estudia la interacción entre ambos y la mutua influencia de sus psiquismos. Describe una serie de trastornos somáticos en el bebé sin causa biológica justificada como resultado de distorsiones en esta vinculación tan exquisita. En estos casos el tratamiento indicado suele ser sesiones a los padres, donde cada uno de ellos pueden expresar y elaborar fantasías con respecto a su hijo y sobre como el nacimiento de éste, actualiza recuerdos e historias de su propia infancia.

Algunos pediatras, aun sin tener conocimientos psicoanalíticos, saben por su experiencia que la ansiedad de los padres, o dificultades afectivas en la pareja, influyen notablemente en la salud física y psíquica del recién nacido.

Un pediatra célebre como psicoanalista, D. Winicott (1965), escribió numerosos textos sobre estas relaciones en la familia y el sostén que puede brindarse cada uno de los miembros, ilusorio pero imprescindible para el crecimiento de los mismos. Hace hincapié en una ilusión fundante, la presencia continua de una madre que se retira de su hijo paulatina y cuidadosamente, para que éste ante su ausencia pueda evocarla mentalmente y originase la fantasía (madre suficientemente buena). Para este autor es fundamental una presencia que permita luego tolerar la ausencia. Freud antes y Lacan después de Winicott, insisten en cambio en la ausencia, falta y vacío alrededor del cual se funda el psiquismo.

Para W. Bion (1959), estudia también el vínculo entre personas, la intersubjetidad es la responsable y generadora de un espacio interior. La intrasubjetividad está poblada de personajes identificatorios y relacionados entre ellos.

¿Cómo convivir con la representación de un abuelo paterno complaciente y bondadoso y el personaje de un padre que solo tiene palabras para el reproche y el castigo?, ¿o una tía siempre bella y seductora con una madre celosa de no poseer la exclusividad de su hijo?. Estos diálogos que sin saberlo murmuran en nuestra interioridad producen síntesis originales y sintomáticas en nuestra vida.

Según Bion la madre debe poder identificarse con el desamparo del bebé, permanecer serena y experimentar este estado de indefensión, transformarlo en pensamiento (función alfa) e intentar dar una significación equivoca o no, frente a la demanda de su hijo. La relación humana está siempre marcada por esta asimetría e inadecuación, aunque intentemos forzadamente lograr una proximidad y reciprocidad absoluta como en el amor, cuando engañosamente creemos haber encontrado la complementariedad anhelada desde siempre.

D. Meltzer (1975), observa que el bebé pasa por un período, que debe superar, de extrema dependencia del otro (identificación adhesiva). Parece estar incluido dentro del otro, sin diferenciación. Esta modalidad pre-relacional perduraría patológicamente en algunos niños psicóticos.

J. Bleger, “Simbiosis y ambigüedad” (1967), estudia el vínculo a partir de lo que denomina “sincretismo”, un estadio arcaico de confusión y no discriminación del cual se puede emerger a partir de un mundo oscuro y en tinieblas hacia la individuación. A partir de este momento de discriminación Yo-otro, se podría hablar de relación o vínculo.

El ser humano, su familia y su grupo social pasan por momentos alternantes y continuos de indiscriminación y discriminación. Lo único e indivisible, se dialectiza con lo diferente, distinto, sospechosamente extraño y extranjero, que en otro momento fue parte de nosotros mismos. Con frecuencia encontramos un padre que no tolera a su hijo por mostrar aspectos distintos a los suyos, le desagrada que su propio hijo le evidencie rasgos que son suyos y cayeron en la sombra de la represión y el olvido. Escuchamos, “no parece ser hijo mío, no puedo reconocerlo como uno más de nuestra familia”. A veces esta expresión muestra el dolor por no ser todos purificadamente iguales.

Corresponde el mérito a J. Lacan (1964) y su particular lectura de Freud, hacernos olvidar de la carnalidad del padre o la madre, para subrayar que lo fundamental es que algún otro cumpla con los requisitos de la función materna y paterna, claramente diferenciados, mas allá de su portador biológico. Tema que por los cambios actuales en la constitución de parejas y familias, es generador de estudios, debates y posiciones diferentes y enfrentadas en el ámbito psicoanalítico.

Existen numerosos y exhaustivos protocolos con preguntas en relación al desarrollo del niño, pero creo que no hay que olvidar una regla básica, saber callarse y escuchar aunque la historia se nos relate de una manera desordenada, con olvidos u ocultamientos o con contradicciones y errores elocuentes. Nos permitirá conocer algo más que el ritmo del sueño, la fecha del control esfinteriano o el inicio de la bipedestación.

En el discurso más desordenado de los padres se manifiestan fantasías y sentimientos, entre ellos y hacia sus hijos, desde que se conocieron hasta el momento que anhelaron un hijo en común o aceptaron continuar con un embarazo no deseado.

El estudio psicoanalítico del niño comienza mucho antes de su nacimiento. Cuando salió de su mundo uterino se encontró con un escenario preparado desde hace mucho tiempo. Los padres pensaron antes en un nombre, en un sexo, lo que podría llegar a ser, los miedos de lo que podría sucederle, a quién de la familia se parecería, a quién por nada del mundo tendría que parecerse, etc. Esta red fina y sutil es la verdadera cuna del recién nacido.

El psicoanalista no debe dejarse adormecer con las nanas que se le cantan al recién nacido, sino percibir además, todo lo que no se le dice al niño pero está tan presente.

El narcisismo de los padres se pone a prueba ante cada logro o fracaso de su descendiente. Cada uno de ellos tuvo un lugar específico en su grupo familiar. El nacimiento, y sin que se tenga consciencia de ello, reactualiza antiguos conflictos con sus padres, hermanos y familiares significativos, predisponiendo la aparición de síntomas inesperados en el hijo. Son frecuentes las dudas de una supuesta patología hereditaria que siempre está en la otra familia, pues el mal, las taras, es más tolerable si proviene de otros.

El niño designado como problemático es un eslabón frágil en quien se depositan los conflictos irresueltos incluso de generaciones anteriores. Maud Mannoni (1967), plantea que el síntoma del niño es el reflejo del síntoma parental. Este planteo, revolucionario e importante en su momento, colocaba a los padres en un lugar de responsabilidad en el padecimiento de su hijo, frente a estudios psicoanalíticos anteriores que no prestaban demasiada atención a los conflictos familiares, otorgándole al inconsciente infantil cierta autonomía ingenua con respecto a su entorno.

Pero los textos de Mannoni fueron tomados radicalmente por algunos profesionales que decretaron que el tratamiento debía realizarse solo a los padres, el psicoanálisis de niños no tenía sentido, olvidando que el niño afortunadamente no es un eco pasivo de los mismos, como comenté anteriormente, sino alguien que activamente incorpora, transforma sus vínculos identificatorios y presenta conflictos que ahora le pertenecen con pleno derecho. A nuestra manera y con lo que recibimos y encontramos en cada momento de la vida escribimos un texto neurótico o no del cual somos responsables frente a los demás.

Estudio de casos clínicos

Pedro es un niño de 8 años cuyos padres consultan por su bulimia, obesidad y sentimientos paranoides con algunos compañeros del colegio a quienes ataca violentamente. La madre hace hincapié en el bajo rendimiento intelectual y la incomprensión de los profesores hacia su hijo. Tiene una hermana 7 años mayor que “nunca nos ha ocasionado ningún problema”, dicen los padres, “es estudiosa responsable y a pesar de su adolescencia acata las normas y reglas de la casa”.

Durante un tiempo trabajé en las sesiones aspectos estrictamente individuales, si es que esto es posible. Sus proyecciones de lo rechazado en él tornaban su ambiente en desconfianza y recelo. Al comienzo del tratamiento se despedía diciéndome “no se lo cuentes a mis padres”. Sus juegos y dibujos eran en general de personajes atacados injustamente para luego vengarse con sadismo y reivindicación. Construía trampas para el enemigo, espacios disimulados en la tierra que se abrían sorpresivamente y se lo tragaba “como si fuera la boca del infierno” decía, “se pudrían porque nadie los rescataba, encerrados allí para siempre”.

Tal vez mantenerse regresivamente en su oralidad nunca satisfecha, lo mantenía como un bebé que no podía, o no deseaba, salir de su propia trampa.

Entre los datos de su historia familiar destacaré que fue el padre quien deseó que continuara el embarazo, la madre estaba ya satisfecha con la hija y no quería obstaculizar su crecimiento profesional que de hecho era brillante. El padre dice “no quería quedarme solo con una niña a pesar de que la quiero mucho; sentía un gran deber por tener un varón para que perdure el apellido, puede que sea una tontería pero era un vacío hasta que nació Pedro”.

El padre de Pedro es el mayor de tres hermanos. El varón que le sigue falleció antes del año de meningitis y luego nació una mujer. Pedro lleva el nombre de este niño muerto prematuramente en su honor y recuerdo. Su abuela quedó muy afectada con esta pérdida incluso después del nacimiento de la menor. La mayoría de las veces acompaña al niño a la consulta y siempre con bocadillos y dulces para que coma en el trayecto del colegio a la consulta. En ocasiones vino con el padre, nunca con la madre.

En entrevistas con los padres durante el análisis del niño, pudimos trabajar sobre la manifiesta hostilidad de la madre y la compensación del padre, por su propia historia, quien había desempeñado una función maternal hasta en la actualidad, vistiéndolo y aseándolo como si fuera un bebé. La limpieza y dependencia según su versión, lo protegían de enfermedades.

A propósito de este tema, en una sesión Pedro habla de sus temores a las infecciones y como la gordura, que no fortaleza, no le ayuda en su salud. Los enemigos no solo son ahora los compañeros, sino bacterias o virus que desde su interioridad su padre no puede evitar. Surge el tema de morirse, como un compañero del colegio, por un accidente en la carretera o “de enfermedades de peques que son muy débiles”, dice.

“Parece que ser pequeño no solo son cuidados, mimos y mucha comida sino también muchos peligros y sospechas con un padre que siempre teme que te pase algo malo”, le comento. “Al hermano de mi padre se le hinchó mucho la cabeza y se murió antes de nacer”, comete un lapsus significativo, pues murió antes del año. Pedro conocía esta historia y la dedicatoria de su nombre, lo que no sabía y quizás tampoco sus padres, era el lugar que ocuparía “antes de nacer” en la constelación de la familia de su padre.

Mi hipótesis en ese momento del tratamiento era que su padre lo había entregado como ofrenda a su madre como un hijo reparador de aquel pequeño muerto, aunque parecía que nunca enterrado. Un dolor anestesiado pero no superado. Por otra parte, tanto cuidado del padre excluía a la madre, ¿no hablaba también de rivalidad y desconfianza con su pareja?

A medida que estos temas fueron apareciendo en las sesiones individuales y entrevistas con los padres, nada fáciles de abordar, Pedro fue saliendo de sus trampas engañosas y tratando de nacer con su misma, inconfundible e irremediable historia. Si no fuera posible resignificar nuestros dramas familiares y ocupar otros lugares entre sus personajes, el tratamiento analítico no dejaría de ser una curación sintomática y superficial.

Para este niño adelgazar, no pelearse con sus supuestos enemigos y obtener mejores calificaciones no era una tarea difícil ni extraña. El medio familiar y escolar lo demandaba. Con una buena dieta y reeducación lo hubieran conseguido. El psicoanálisis se ocupa de otra sintomatología, la de las identificaciones y sus máscaras de falsa seguridad, las regresiones a un circuito del deseo con una modalidad regresiva y omnipotente, mantenerse alienado en el proyecto del otro y no poder ser un eslabón de transmisión entre las generaciones con su propio brillo y reconocimiento.

María de 8 años, fue traída a la consulta por bajo rendimiento escolar y conductas agresivas hacia sus padres, especialmente la madre de la que se burla. Tiene un hermano menor de 6 años, aparentemente sin problemas. María se presenta en las primeras entrevistas de una manera bulliciosa, divertida. Está muy al tanto de cantantes de moda, algunas veces firma en el colegio como Laura, su cantante favorita, lo que ha originado preocupación en los padres y profesores.

“Mi madre me obliga a vestirme como una monja” me dice, “¿no ves como vengo a tu consulta? Si me dejas la próxima sesión traigo ropa de gimnasia y me cambio aquí”. Es una experta en bailes actuales que ve en televisión. Algunos de ellos, y otras proezas físicas, son exhibidos en el curso del tratamiento.

Trabajamos en las sesiones sus deseos de mostrarse, de como esto la reaseguraba de lo que carecía y la rivalidad edípica con su madre. En la transferencia conmigo eran frecuentes actitudes provocativas y seductoras. Cuando intentaba tenerlas con su padre, este la rechazaba y se burlaba de su físico comentándole que con ese aspecto nunca llegaría a ser guapa, menos aún con sus fracasos escolares.

En carnavales viene a la consulta y se pinta, parece una caricatura de una mujer, excesivamente maquillada y juega a ser una modelo famosa. En una de las entrevistas con los padres, discutíamos por qué les afectaban tanto los aspectos exhibicionistas y provocativos de María, mas allá de lo que individualmente se refería a una temática de conquista y de reasugaramiento narcisista.

El padre trae un recuerdo asociativo muy interesante, “yo tenía una hermana que falleció, tenía 22 años y murió de sida (lo dice con vergüenza), llevaba una vida muy promiscua”. Su mujer agrega, “cuando me enteré de esta historia pensé que ejercía la prostitución a altos niveles”. El marido calla y tras un silencio tenso agrega, “yo también lo pensaba, había ciertas pruebas para confirmarlo; mis padres en cambio ni lo sospechaban, o no lo querían pensar; llevaba un nivel económico de vida muy elevado y ellos en cambio lo atribuían a su trabajo que era totalmente incierto”.

Lo que en la generación de los abuelos es imposible de pensar en la siguiente, padres de María, es indecible hasta este momento.

A propósito de familiares muertos y situaciones traumáticas (incestos, violaciones, traiciones…) en las generaciones antecesoras, los psicoanalistas N. Abraham y M. Torok (1961-1975) plantean la idea de “la cripta”, muertes o vergüenzas en las que no se puede ni siquiera pensar (gran dificultad para construir representaciones de estos episodios), pero que reaparecen en conflictos sintomáticos en generaciones posteriores. Hacen una distinción entre lo intergeneracional, las relaciones entre generaciones adyacentes en situación directa, y lo transgeneracional, contenidos psíquicos a través de la sucesión de generaciones.

La temas inconscientes de los hijos pueden estar marcados por el funcionamiento psíquico de los abuelos o de ancestros que no han conocido, pero cuya vida psíquica a marcado a sus propio padres.

No cabe duda que los fantasmas solo existen en los cuentos, pero es interesante destacar como se anuda en esta familia el comportamiento de su hija con sus movimientos pulsionales de seducción y exhibición propios de su conflicto edípico actual, con el terror de los padres que resignifican en su hija una repetición de un personaje del pasado escindido y renegado y al cual se trató por todos los medios de hacer desaparecer.

Alberto es un niño de 9 años. Su madre consulta porque tiene tics persistentes en la región naso-bucal, fobias a los perros y comportamientos femeninos que provocan las burlas de sus compañeros. Parece que compensa estas humillaciones con un excelente rendimiento escolar. Teme enfrentarse con los chicos que lo provocan y prefiere la compañía de las niñas, una de ellas es su amiga inseparable y hace todo lo que ella le ordena.

Entre los datos de la historia familiar destacaré que la madre es una mujer muy joven soltera, ha retomado estudios universitarios y vive con su hijo en casa de sus padres. Ocupan allí un cuarto con dos camas. El niño no conoce a su padre, sabe que es un hombre que vive en el extranjero y que viene periódicamente a España, pero como para la madre fueron pocos encuentros y sin continuidad, no le permitió conocerlo ni tener relaciones con él.

Éste cuando se enteró del embarazo, además de sorprenderse, quiso reconocer legalmente al niño pero la madre no lo permitió ya que “era solo un deseo mío” me comenta, “anhelaba tener un hijo, temía que pasara el tiempo y bueno… él me pareció el extraño más adecuado. Tenía 23 años”.

En las primeras sesiones Alberto habla en voz muy baja y con frases cortas. Parece muy tímido e inhibido en sus juegos y dibujos. Con frecuencia comenta que es muy querido y mimado por su familia especialmente por el abuelo, de los peluches que le regala y le acompañan para dormir. Habla también de un tío materno, deportista muy conocido, que valora y admira. Lo nombra con orgullo, lleva su nombre y dice que es parecido físicamente. Tiene celos intensos de su novia a la que descalifica siempre.

Son comentarios semejantes a los que hace su madre. Ahora con treinta años, parece más joven de su edad, tiene comportamientos, lenguaje y vestir muy juvenil. Sale siempre con la pandilla de su hermano, el tío admirado, quien le ha presentado varios novios pero ninguno de ellos ha sido lo suficientemente valioso para comprometerse plenamente.

¿En que lío de entramados erróneos estaba perdido Alberto? Su madre, por sus dificultades en asumir su edad y lugar generacional, parecía más una hermana mayor. Las parejas de ésta no conseguían alcanzar el ideal de este hermano, con el cual tenía una relación equívoca para ser “simplemente fraterna”. Los abuelos se comportaban como padres en cuanto a lo económico, educacional y sobre todo en las reglas de convivencia.

El padre biológico había sido excluido totalmente. La madre tenía información por amigos de que había constituido una familia en el país que residía. El posible padre adoptivo, tío materno, por su lugar endogámico no era precisamente tranquilizador. Todo parecía resolverse sincréticamente en la misma familia.

Alberto parecía identificarse más con una mujer y desde este lugar anhelar a un hombre, justamente al inverso de una configuración edípica. Durante el tratamiento eran frecuentes las entrevistas con la madre, dos veces asistieron los abuelos y en algunas ocasiones vino el tío.

Hubo un momento importante en el curso del análisis, siete meses después del inicio, en el que Alberto le plantea a sus abuelos que quiere tener un cuarto propio. Estuvieron de acuerdo, pero la madre se opone alegando incomodidades en la casa no justificadas.

Las fobias en los niños tienen mucho que ver con una relación simbiótica pre-edípica con la madre, que no puede cortarse. Pero en esta estructura son tres los implicados, la madre, el niño y una instancia tercera que separa (función paterna) y que en esta situación no estaba asumida por la madre. Éste fue el momento que me pareció oportuno para sugerirle un tratamiento, al cual se negó aludiendo dificultades económicas.

Tenía serias dudas sobre la utilidad del tratamiento con estas condiciones familiares, pero decidí continuarlo con la esperanza de que ocurriera lo que leemos en los manuales, aunque sea difícil de materializar, que el cambio del niño fuerce un cambio de posición en los padres. Sin embargo ocurrió algo inesperado y sugestivo, el hermano se fue de la casa paterna con el proyecto de vivir con su pareja y casarse. La madre de Alberto sufrió una depresión y pidió iniciar un análisis.

A pesar de lo expuesto, el riesgo de los estudios generacionales es quedar fascinado y condicionado por estas apariciones espectrales, olvidándonos del que sufre y que por sus características se hace cargo y porta un síntoma. El eje debe permanecer en las modalidades que un sujeto, niño o adulto, tiene para apropiarse y representar su herencia, siempre marcada por su autoría, singularidad y diferencias.

Freud recurre al Fausto de Goethe cuando dice, “lo que has heredado de tus padres para poseerlo, gánalo”. Y es en “Tótem y tabú”, donde describe la división del sujeto entre “ser para sí mismo” y “ser sólo eslabón de una cadena a la que está sujeto sin la participación de su voluntad”.

En el escenario del narcisismo primario-paradisíaco, y lo vincular e intersubjetivo, es donde se transmite la genética que estudia y trata el psicoanálisis. La transmisión no es un eco repetitivo sino un trabajo de transferir y desplazar, en otros, historias de nuestro pasado y cultura arcaica, siempre abiertas hacia lo nuevo y no repetitivo aunque nos de miedo y dolor.

Bibliografía

  • Eiguer Alberto: “El parentesco fantasmático”. Editorial Amorrortu 1989
  • Freud Sigmund: “Totem y tabú”, “Introducción del narcisismo”. Editorial Amorrortu 1979
  • Kaes R., Faimberg H.: “Transisión de la vida psíquica entre generaciones”, Editorial Amorrortu 1996
  • Mannoni Maud: “El niño, su enfermedad y los otros”. Editorial Nueva Visión 1976
  • De Mijolla Alain: “Los visitantes del yo”. Editorial Tecnipublicaciones, S.A.
  • Rosenberg Ana María Sigal de (compiladora): “El lugar de los padres en el psicoanálisis de niños”. Editorial Lugar 1995
  • Diarios Clínicos Nº7: “El niño y la historia”, Revista de psicoanálisis con niños y adolescentes. Editorial Lugar 1994