Repetición lúdica: bordear la muerte

“Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligué a ella con un lazo mortal.” Johann Christian Friedrich Hölderlin, La muerte de Empédocles

Preocupado siempre por la clínica, Freud estudia el fenómeno de la aparición de las dificultades y resistencias en el progreso terapéutico.

La ambivalencia, el problema del masoquismo primario, la reacción terapéutica negativa y por supuesto la resistencia a través de la repetición transferencial en “Recuerdo, repetición, elaboración” (1914), tuvieron su corolario en 1920 justamente con un juego de un niño. Juego en el que se condensan los movimientos creativos y el intento persistente y fallido de reencontrar lo perdido.

Los fenómenos de repetición están presentes a lo largo de toda la obra freudiana pero con muy diferente conceptualización.

Al principio relacionados solo con lo patológico obsesivo, las representaciones compulsivas en “Las neurosis de defensa” (1894), continuando con el concepto de facilitación en “Proyecto de psicología” (1895), explicación económica por la que el psiquismo tiende a recorrer un camino ya conocido, hasta la decepción de no poder encontrar el objeto inaugural perdido en “Inhibición, síntoma y angustia” (1926).

Allí plantea, “lo que no ha sucedido como el sujeto deseaba que sucediera, es anulado por la repetición bajo otra forma, y a ello se añaden desde entonces, toda una serie de motivos para continuar indefinidamente estas repeticiones”. Sin embargo, este fracaso constitutivo permite la creación de un objeto, pálida sombra del original. Es el momento donde das Ding no se puede corresponder jamás con die Sache, estableciéndose una diferencia radical.

En “Lo siniestro” indica, “en lo inconsciente, se discierne el imperio de una compulsión de repetición que depende a su vez de la naturaleza más íntima de las pulsiones; tiene suficiente poder para doblegar al principio de placer y confiere carácter demoníaco a ciertos aspectos de la vida anímica”.

Freud fue paulatinamente cambiando su conceptualización de la repetición, al principio solo referida al campo de los síntomas, la patología y las dificultades terapéuticas, para conferirle posteriormente el estatuto de un acto constitutivo del sujeto y por lo tanto no solo a “curar”, sino a tener en cuenta como estructura insuperable.

Desde aquí parte Lacan, al comienzo apoyado en el estructuralismo, donde la repetición es la tendencia a repetir una estructura social interna que el sujeto vuelve a escenificar compulsivamente. Después con el aporte de la lingüística, planteará que la insistencia sea descrita especialmente como “insistencia de inscripción del significante”.

La repetición buscaría infructuosamente ese unario primitivo, trazo inaugural por el cual el orden puede ser posible, pero en el camino del reencuentro cada paso tiene un matiz que lo diferencia del anterior y del próximo. Justamente porque la cualidad propia del significante es la diferencia.

Ilustraré ese momento de la repetición, especialmente como constituyente, en la clínica con niños.

La madre de un varón de 7 años consulta por la enuresis de su hijo. Los padres están divorciados y supuestamente hay una relación cordial entre ellos. El niño pide dormir en la cama de su madre por temores nocturnos y cuando ella no acepta aparece el síntoma enurético. La madre esta en análisis y el padre en un grupo terapéutico.

En las primeras sesiones Julián dibuja, conversa y cuenta películas que ha visto. Se permite ciertas asociaciones. La dificultad de aceptar el duelo por el divorcio de sus padres, le hace criticar cruelmente y rechazar a las parejas nuevas de sus padres.

Sus dibujos y comentarios parecen señalar que el tratamiento marcha bien. Sospechosa mejoría a los pocos meses del inicio. Sin embargo después de una sesión donde hablamos de recuperar a una mamá en exclusividad, viene a la consulta y permanece de pie en la ventana. Encuentra el cordel de la cortina y comienza a hacer un movimiento pendular con él durante 15 minutos. Este juego se repite varias sesiones.

Está tenso pero no parece angustiado, aunque aprecio que ha cambiado radicalmente el proceso del análisis. Percibo cierta esterilidad comparada con el material de las sesiones anteriores. Si antes aparecía con facilidad el retorno de lo reprimido a través de lo imaginario del dibujo, se instaura a partir de entonces un juego repetitivo que como tal no simboliza, no se dirige, solo movimiento como algo inerte, muerto, sin la creatividad de los momentos en los cuales su nostalgia me tenía más comprometido.

Estas secuencias las he observado con mucha frecuencia incluso en pacientes que no presentan gravedad, es esperable ya en las primeras sesiones en obsesiones graves o psicosis. El dispositivo analítico y el lugar del analista propician la aparición de otro tiempo diferente del retorno, la repetición incesante de un camino que aparentemente no conduce a ningún destino.

ImagenLacan habla de un tipo particular de encuentro con lo azaroso, algo que en los niños puede ser una hoja de una planta en la consulta, un cenicero que comienza a girar como un trompo o un bolígrafo del analista que siempre estuvo allí al lado de sus dibujos. Este encuentro nos sorprende, es imprevisible, algo de lo real que en ese escenario asume el lugar de causa del psiquismo. Se confunde, y hay motivos para ello, entre el retorno y la repetición.

Podríamos plantear dos modalidades de abordaje en el psicoanálisis. Una basada en el estudio del síntoma y la recuperación mediante la rememoración catártica de vivencias traumáticas. El síntoma como Freud lo plantea es una solución fallida, un disfraz para que el deseo pueda manifestarse. Un retorno de algo que estuvo reprimido. Como una visita familiar inoportuna (“Lo siniestro”).

Este psicoanálisis de exploraciones al interior y viajes al pasado ha servido de material de guiones cinematográficos y novelas de éxito: “ Viaje al centro de la tierra”, “El retorno del Jedi”, “El retorno de los muertos vivientes”, “Jurassic Park”, etc.

Otra modalidad es aquella en que como un muñeco robotizado el sujeto repite mil veces el mismo movimiento o el niño creativo en distintos juegos pero con el mismo argumento: una marioneta lobo come a un cordero, un tiburón come a un delfín, un perro a un gato, un ratón al dueño de la casa… allí hubo un salto, aparece una figura humana.

Esta repetición retorna desde un lugar hetero, desde lo real, desde un lugar que es diferente al espacio del síntoma.

Inevitablemente el análisis comienza con un viaje al pasado. La rememoración parece una condición innata del hablante. El pasado lucha por hacerse presente, sin embargo, en algún momento aparece un freno a estas canciones nostálgicas y es lo Real lo que se hace presente.

De otra música se trata, es algo que confunde al sujeto, lo desequilibra. Creo que los niños tienen más tolerancia para este desconcierto. Por eso un niño se divierte y provoca con música estridente y repetitiva. Con los objetos domésticos más inesperados, ollas, palos, zapatos… pueden golpear insistentemente sin cansarse, produciendo el agobio y hastío de los adultos que preferimos refugiarnos en el arrullo reprimido.

La repetición en acto irrumpe el barniz protector de los juegos y dibujos simbólicos y crean una herida, una división, una esquizia, una barra. Lo real disyunto de la semejanza imaginaria nos permite, si toleramos este tiempo supuestamente muerto, un abordaje no solo de la rememoración, sino de las aproximaciones del sujeto a lo real.

En una época de mi vida profesional, apoyándome en otros postulados teóricos, impedía que los niños en análisis se distrajeran con algo que accidentalmente pudieran coger para jugar. Todo lo que salía de las fronteras de la caja de juego lo interpretaba como resistencia a explorar su mundo interior. Miedo al viaje interior, pánico a que al abrir la caja de juguetes aparecieran los monstruos del sueño.

La repetición lúdica en sesión yo la interpretaba como miedo al cambio, temor a lo novedoso, dificultad del niño para enfrentar sus conflictos. Sin embargo, por mi historia infantil y apoyado en nuevos planteos psicoanalíticos, fui permitiendo lo que para mí en ese momento eran transgresiones, que el niño se encontrara y pudiera jugar con algo inesperado y no obligatoriamente con su caja de juego.

Estaban presentes las reflexiones de Winnicott con su espera activa, para que el tiempo del jugar advenga, evitando interpretaciones que producen obediencias transferenciales o el replanteo de la repetición que formula Lacan. Algo del dibujo, los juegos o elementos de mi consulta era encontrados azarosamente por el niño. La Tyché adquiría relevancia para no preocuparme tanto por el Daimon de la rememoración.

Lacan plantea que más allá de la red de significantes se halla lo real. Parafraseando diríamos “que más allá de un dibujo o juego lleno de riqueza simbólica, pero que apacigua al niño, hay un real que inquieta y desasosiega”.

Es frecuente que algunos niños después de terminar un dibujo, con el pretexto de una crítica estética, lo desprecian y no quieren saber nada más de él. Quizás sin pedirle permiso, algo traumático de lo real invade su escritorio y entonces termina en el cubo de basura.

Los niños obsesivos no son los únicos en repetir hasta “herir” su hoja buscando lo mejor, lo único, lo perfecto. Podríamos pensar que la repetición falla en su intento de asimilar, captar e integrar a la cadena significante ese trauma y un resto de lo real permanece indomable a cualquier significación.

María de 8 años viene a consulta por fobias nocturnas. Después de algunas sesiones donde dibuja y presenta a una familia con un padre muy autoritario, con vejaciones hacia su mujer y sus dos hijas, comienza un juego de nombrar palabras como pares antónimos. Ella dice paz y yo guerra. Permito que sea ella la que inicie la serie, blanco- negro, luz- oscuridad, viejo- joven… Son interminables los sustantivos y adjetivos, se trata de un circuito sin fin. Las palabras no se encuentran nunca, se definen justamente por el desencuentro.

Si pensamos que la represión es constitutivamente fallida y eso permite el retorno de lo reprimido sintomático pero también de lo creativo, la repetición es la búsqueda fallida de un encuentro, desencuentro que deja al sujeto dividido, pero que sin embargo si realiza un movimiento centrífugo permite otras búsquedas protegidas del goce.

El juego espontáneo o pautado del niño puede tener características de previsibilidad, de preparación, lo que sin duda da una pátina de contención y sujeción. En estos juegos, actos, movimientos repetitivos, se trata en cambio de algo inesperado. Como una fuerza que hace actuar incesantemente y a la que es difícil poner un límite. En esta situación el niño se siente indefenso y a merced de este dominio.

Rafael de 6 años, con dificultades en el aprendizaje y diagnosticado como hiperquinético con atención lábil, en el aniversario del atentado a las torres gemelas me comenta que va a dibujarlas pero estas serán atacadas por 4 aviones, más una explosión en el subsuelo. Su padre trabaja en otro país de la comunidad europea en la construcción de aviones.

Es un material lleno de riqueza que permite pensar en diversos significados posibles. La ausencia de la convivencia con el padre, su retorno que el niño desea y teme ya que durante el fin de semana están todos juntos y surgen discusiones entre ellos y especialmente entre los padres…

Sin embargo, mi pensamiento y la conexión con sus fantasías y su historia se ve interrumpido cuando de repente al trazar los cuadraditos que simulan las ventanas de las torres gemelas, comienza a repetirlas durante varias sesiones y comenta “no puedo parar porque son millones de ventanas”. Unas grandes, otras pequeñas, otras cuadradas, otras redondas, etc. Por aquí es donde se tiraron las personas cuando no soportaban el quedarse adentro y morir atrapados por el fuego.

En los juegos habituales infantiles, y por supuesto en los niños que están en análisis, observamos dos caminos: el del automatismo de repetición (Automatón) que da cuenta de un orden simbólico, del recuerdo, del pacto y, el de la repetición (Tyché) que sorprende al que la ejecuta, lo sacude, lo incomoda, va buscando el camino del placer y se encuentra con un más allá, la cercanía del goce.

Lacan en el Seminario XI (“Del sujeto de la certeza”) dice, “para discernir que es el tiempo lógico, hay que partir de lo siguiente: la batería significante está dada desde el comienzo. Sobre esta base hay que introducir dos términos requeridos, como veremos, por la función de la repetición: el azar (Willkür) y la arbitrariedad (Zufall)”… “no puede fundarse nada en el azar, (cálculo de probabilidades, estrategias) que no entrañe una estructuración previa y limitada de la situación en términos de significantes”.

Una niña de 6 años con rituales de limpieza juega a alimentar a un bebé. Prepara el biberón, coge un muñeco, lo acomoda como un lactante y le da de comer, éste se hace caca y comienza una secuencia: alimento, caca, limpieza. Tres momentos que reitera sin fin.

Una niña psicótica, de la misma edad, en las primeras sesiones solo dice gritando yogurt, yogurt, mientras se balancea compulsivamente.

“Debemos distinguir aquí el alcance de estas dos direcciones: la rememoración y la repetición” plantea Lacan (seminario XI), “entre ambas no hay ni orientación temporal ni reversibilidad. No son conmutativas, sencillamente”… “no es lo mismo comenzar por la rememoración y vérselas con la resistencia de la repetición, y comenzar por la repetición para obtener un esbozo de rememoración”.

Si al comienzo el psicoanálisis desarrolla la rememoración, no tarda mucho en toparse con un límite, lo real.

Hay algo que caracteriza al análisis de niños y que ha suscitado controversias en las escuelas, la dificultad de éstos en rememorar y asociar. El adulto está esperando que se lo demanden para, generalmente, abrir su álbum de recuerdos y lo que no recuerde presto a repetir en transferencia. Los niños en cambio, están dispuestos a expresar sus fantasías a través de sus dibujos, cuentos, juegos, y es en esta facilitación del acto, donde la repetición encuentra un medio específico para tratar de asimilar algo de lo real.

Freud advirtió que esta repetición no solo es ligazón de energía y dominio activo (actividad, acto), sino algo más allá del placer. Puesto que no se trata solo de dominio, es entonces que, a partir de los pares de oposiciones, el significante permite la creación del símbolo, la cosa asesinada deviene objeto y en este juego de alternancias presencia-ausencia, la pulsión de muerte corta el hilo que une el objeto a la condición de materialidad de su presencia.

Cuando un niño ya mayor, 9 años, juega a esconder y descubrir objetos en la consulta, esconderse y aparecer en un ámbito de pocos metros cuadrados, encender o apagar la luz, puede inquietarnos por las modalidades regresivas del juego a esta edad.

Pero como sabemos no se trata de una cronología evolutiva, sino de una temporalidad lógica que permite al niño que esta secuencia no sea solo dominio o rivalidad sino principalmente, la escenificación en transferencia de la emergencia de un sujeto.

Sujeto de la alienación, su fundación por medio de la inevitable captura por el otro y por ello mismo la evidencia de un sujeto vacilante, barrado. Una escena que nos recuerda que no hay una marca previa a reencontrar sino que es justamente en esta búsqueda, donde el sujeto se constituye.

Los fonemas del Fort-Da, su relación por oposición, no conducen a una significación en el niño. “El carretel embrión de lo que será el objeto a” dice Lacan en el SeminarioXI, “solo saca a la luz la vacilación radical del sujeto”.

El significante no puede significarse por si mismo, es en esta búsqueda en acto, no en conducta, que la repetición con diferencia permite un corte que hace surgir el sujeto. El niño dispone de lo simbólico para anestesiar lo imposible del encuentro, pero es justamente ese desencuentro el que deja un resto sin el cual no podría relanzar su deseo.

El momento fundacional es al precio de ocupar ese lugar de “objeto a” para la madre, a merced de su goce, de un otro absoluto. Sus juegos con el bucle del pelo materno, el redondear su pezón, el continuo cascabel del sonajero, son aún sin corte. Paradoja del acto del niño que, procurando reencontrar un goce perdido, se encuentra con la posibilidad de una mediación del mismo.

La clínica nos demuestra que para poner distancia con el goce del otro hay que pasar por momentos transferenciales en los que se cree recuperarlo.

Este tiempo instituyente del Fort-Da de la creación del objeto, se diferencia de otros tipos de juego cuyo eje pasa por la ecuación fálico/castrado. Aquí se trata de la aparición/creación de otro goce, el fálico y las posibilidades y temores de perderlo.

Ese corte por llegar se escenifica en juegos con reglas pautadas o implícitas, donde los vaqueros y los indios luchan por imponer su ley. Princesas raptadas, dragones que interceptan la entrada de un tesoro oculto, ladrones que huyen para evitar el castigo de la prisión, etc., presentan una estructura donde la aparición de la ley y el deseo pivotan sobre otra dimensión. No es la del ser o no ser, del aparecer y esconderse del Fort-Da, sino del tener o no tener propio de la oposición fálico/castrado.

Juegos sociales pautados como la oca, el parchís y otros de estructura semejante, mezclan el azar del camino a seguir y sus obstáculos, con el castigo de retornar al punto de partida. Otros como la comba, el yo-yo y el pelele, combinan la progresión de habilidades sobre una estructura repetida.

Los juegos del retorno de lo reprimido nos hablan de un universo donde la metáfora paterna ha marcado al otro barrándolo, y la castración produce una huella que transforma al juego en pacto, transacción, leyes y castigos, y por supuesto aún así, transgresiones.

El niño fue “objeto a” de su madre pero crea una sustitución. Ya no jugarán con él como “a”. Él juega con su nuevo “objeto a” creado, y esta nueva distancia con el cuerpo del otro se produce por la identificación al padre primordial.

El analista da testimonio de estos procesos lúdicos, sus tiempos constitutivos, la creación y los caminos entre el sujeto y el otro, para que moviendo alguna pieza algo de la verdad pueda ser expresada.

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