Terapia psicoanalítica y psicoanálisis, similitudes y diferencias

Quiero transmitir algunas ideas y dificultades sobre la práctica de la clínica psicoanalítica. El quehacer del trabajo analítico en un espacio tan singular y difícil como es el de la consulta, donde nos sentimos seguros por la privacidad, nos enfrenta con temores y soledades por la tarea que proponemos: un viaje al interior del ser sin conocer de antemano los rumbos y metas de este nuevo destino.
Nuestro acompañamiento en este trayecto es apelando a conocimientos y supervisiones donde confrontamos en un tercer lugar el vínculo diádico, al menos en apariencia, de la relación terapéutica y el propio, y nunca completado, psicoanálisis personal. Aun así, el conocimiento del analizado llega a veces retroactivamente una vez finalizada la “curación”.
Me refiero a práctica de la clínica como la reflexión sobre los procesos de tratamiento: el nuevo abordaje de la sintomatología, por la cual se goza pero también se sufre, y la reestructuración de un individuo después de haber encontrado los más recónditos e inesperados lugares de la condición humana.
Estamos en un momento privilegiado del pensamiento psicoanalítico. Aparecen nuevas teorizaciones a partir de los postulados básicos, reformulaciones de la técnica en el abordaje de patologías que en el momento de su creación eran no analizables y publicaciones fecundas a las que podemos acceder casi mágicamente.
Sin embrago, cada grupo psicoanalítico está organizado y obedece a reglas y líneas de trabajo particulares. No es fácil asimilar y sintetizar estos cambios para reacomodar nuestras teorías establecidas. Supone transitar por períodos de dudas, cuestionamientos y aceptación de fracasos, si queremos vivir aprendiendo. Tiempo de Kaos siguiendo a Bion. Escuchamos valoraciones como desviacionismo, deslizamiento, eclecticismo, captura en lo imaginario, etc. Afortunadamente como en algunas buenas familias, podemos leer sin escondernos o dialogar sin descalificaciones.
Si en los albores del psicoanálisis Freud tomó una actitud severa pero respetuosa en cuanto a sus discípulos y sus postulados, no creo justificado reduplicar en el siglo XXI este tipo de posicionamiento que tiene el riesgo de instalarse como un único lugar de oráculo.
Tras esta introducción, destaquemos algunas similitudes y diferencias entre psicoterapia psicoanalítica y psicoanálisis.
En sus escritos técnicos Freud no plantea distinciones entre estos términos, incluso los usa indistintamente, ya que siempre consideró al factor terapéutico como uno de los aspectos esenciales del psicoanálisis.
Sí aclaró continuamente en cambio, la diferencia entre psicoterapias (verbales) no psicoanalíticas y psicoanálisis. Las primeras se ocupan de la sintomatología del paciente preocupado por una pronta solución y un reforzamiento del yo, que posibilite su mejor adaptación al entorno y sus normas sociales. Sería un agregado, un apósito cicatricial, sin duda necesario e importante, pero ortopédico al fin.
El objetivo del tratamiento psicoanalítico por el contrario, sin descuidar la sintomatología, es el descubrimiento de un inconsciente singular y particular, y una reestructuración de la personalidad mas allá de los equilibrios con el ambiente familiar y social.
Han sido algunos de sus discípulos, y más tarde los llamados post-freudianos, los que introdujeron una serie de modificaciones en el tratamiento clásico, que prefirieron denominar psicoterapia psicoanalítica:
- Mayor intervención del analista.
- Señalamientos.
- Confrontaciones.
- Mostrar contradicciones.
- Sugerencias.
- Posibles soluciones alternativas.
La formulación de interpretaciones y construcciones es frecuente, casi en un clima de diálogo, manteniendo siempre la neutralidad valorativa. El conocimiento de la transferencia es una reflexión silenciosa, pero no se mantiene una posición analítica que la fomente en un continum regresivo, evitando de esta manera la exaltación de la neurosis transferencial.
Quizás habría que considerar a O. Rank, con sus conceptualizaciones sobre focalización de la terapia hacia una visión localizada en el nacimiento, o a S. Ferenczi, con sus propuestas de técnicas activas y brevedad del tratamiento (muy cuestionadas por Freud), como promotores y facilitadores para que las generaciones de nuevos analistas se animaran a desobedecer al padre creador.
Más recientemente los psicoanalistas se incorporaron al trabajo en hospitales, instituciones de salud y prevención y departamentos educacionales, planteando un encuadre y técnica diferente con respecto a la cura tipo. Wallerstein, Tarachow, Frida Reichman, Alexander y otros muchos en Estados Unidos. Winnicott en Inglaterra, proponiendo una actitud del psicoanalista como facilitador para que el analizado llegue a formular sus propias interpretaciones, un cambio radical en el lugar del saber en las sesiones. En Francia F. Dolto y M. Manoni, en lo que ellas llamaron consultación psicoanalítica con madres y niños conjuntamente. Y también S. Lebovici, R. Diatkine y M. Soule, con técnicas de intervención específicas en niños y adolescentes.
Estos autores, y muchos otros, atendían una demanda cuya patología requería una asistencia diferente, evitando la omnipresencia de la neurosis transferencial y la interpretación de lo arcaico como único eje directivo. Creo importante destacar que ninguno de ellos se apartaba, en lo fundamental, de los postulados básicos.
Ya en 1919 Freud expresa en “Nuevos caminos en la terapia psicoanalítica”, su deseo de un futuro donde el tratamiento pueda ejercerse en hospitales públicos de una manera gratuita. Entonces, “sería el momento de plantear una aleación del oro puro y el cobre”.
Actualmente si hablamos de la cura tipo (oro puro), tendríamos que especificar con qué modalidad particular, freudiana, kleiniana o lacaniana, se está realizando. Reconociendo así, que cada una de estas escuelas han producido una enorme riqueza de conceptualizaciones, y cambios.
Tomemos la asociación libre y su revisión técnica. Esta propuesta aparentemente fácil de consignar y aceptar, lleva si las resistencias lo permiten a un decir inesperado o sorprendente que nadie preveía. Existe una pérdida de control en esas palabras que ya no obedecen al yo. Algo se escapa para siempre. Pero la clínica nos muestra que no todas las personas, y no solo por resistencias, están en condiciones de transitar por esos momentos que suponen un cuestionamiento a su unidad narcisista, tal y como tan adecuadamente plantea, Víctor Korman.
A veces, debemos implementar comentarios cuasi dialogantes para arrivar a otro momento (oro puro) que es desorganizativo o desequilibrante, pero inevitable para las modificaciones del sujeto. Hay personas en cambio con una cobertura yoica mas estable, el paciente tipo de la cura tipo cuando no es alguien de nuestra profesión, que rápidamente asocian, divagan, se permiten arborizaciones enloquecidas, trabajan sus lapsus y sueños. El analista pude estar menos presente, menos activo, solo señalando un instante, un olvido, una racionalización o un hablar vacío. La asociación libre deja de tener el sentido de recuperación de recuerdos que nos enfermaron, para transformarse en peldaños que nos acercan a escenas pretéritas que congelaron nuestra historia.
En psicoterapia psicoanalítica, pienso y sostengo, primero hay que crear un espacio donde se aprenda a reflexionar. Construir un andamiaje de imágenes y símbolos para que en un segundo momento, emerja entre estas representaciones algo inesperado que brota del inconsciente.
El primer momento arqueológico de Freud, preocupado por la reconstrucción exacta de los datos de la biografía del paciente, da paso a otro tiempo donde interesa más la comprensión diferente que ahora se puede hacer de aquellos. Esto lleva a que se sitúe él y sus semejantes en otros vértices de sus escenas arcaicas, les de un significado nuevo, a veces doloroso, donde es él el protagonista activo y responsable de su propio destino.
“Me desperté muy angustiado”, un paciente me comenta que lo impresionó mucho una noticia “pero no tiene nada que ver con conmigo”. Tras un silencio, entre sus asociaciones aparecen recuerdos de castigos y encierros cuando era pequeño y pensamientos temidos, los demás miembros de su familia se olvidarían de él. Exclusión , indefensión, soledad. Eternos temas del ser humano.
Durante la psicoterapia creo que hay que tratar en lo posible que aparezcan estos momentos privilegiados. Son cuestionamientos profundos, preguntas sin respuestas. El terapeuta con el que casi dialogaba, se convierte en una sombra sin rostro, como un eco que sin escapatoria lo reenvía a sus verdades. Son momentos de desmembramiento de defensas y desmoronamiento del yo, que permiten acceder al circuito pulsional, al deseo, y a la repetición incesante de la pulsión de muerte.
Esta es la frontera a partir de la cual una psicoterapia psicoanalítica se transforma en psicoanálisis. Las condiciones y el deseo para atravesar esta barrera solo pueden provenir del analizante nunca del analista, aunque se atrinchere en sus teorizaciones sobre la resistencia o en la ética del psicoanálisis.
Si solo procede con su interés, es que no escuchó realmente la demanda del que vino a su consulta. Frases como “era muy resistente”, “no tenía recursos”, “no soportaba un análisis” o “no deseaba saber sobre su verdad”, pueden ser muy ciertas pero formuladas de esta manera, como slogans, no dejan de ser encubrimientos de inseguridades y resistencias del analista.
No esta de más comentar que ni la psicoterapia psicoanalítica ni el psicoanálisis, son lugares de educación y menos de propuestas identificatorias al ideal del yo del analista.
Bleger apuntaba la necesaria disociación operativa, que nos hacía preguntarnos qué lugar ocupamos en el tratamiento de acuerdo a cada situación patológica, pero también obviamente, de acuerdo a nuestra historia y conflictos. Este dispositivo especial facilita la aparición del fenómeno tansferencial, que Freud transformó de obstáculo a objeto privilegiado de estudio y análisis.
En psicoterapia psicoanalítica, observamos, vivimos y sabemos de estas falsas conexiones, pero las mantenemos sin explicitar, como un cimiento necesario desde donde el paciente plantea sus conflictos actuales, sus relaciones con el pasado y sus mitos. En la cura analítica, son verdaderos momentos de transfiguración y de creación, la de una nueva enfermedad que crece y le desborda.
Amor y odio intensos. Repetición de un mundo infantil, que no solo es estereotipia sino también de lo nuevo, de lo diferente, haciéndonos ver que la historia se escribe a cada momento, nunca es una reedición. Lo ilustraré con algunas situaciones.
Jorge tiene 38 años, casado, con dos hijos y trabaja en una empresa donde a conocido a una mujer con la que mantiene una relación diez meses antes de venir a mi consulta. Habla de su matrimonio “ella no me quería lo suficiente, dejó de desearme”, “con esta nueva historia me encuentro bien pero no estoy tranquilo”, “me siento como un traidor, con remordimientos, no tolero la mentira”.
Comenzamos un trabajo que llamaría psicoterapéutico, donde era difícil cualquier referencia al pasado. Trae algún sueño, pero no hay asociaciones o son muy escasas. Aparentemente solo quiere dar alguna salida a esta situación triangular donde “alguno quedará afuera”. Durante los primeros seis meses estuvimos trabajando su situación actual, escisiones, que lo llevaban a postergar el enfrentamiento con sus conflictos.
Tiempo después le plantee que tendría que hacer una interrupción durante una semana. Cuando regreso y observa mi caminar dificultoso, por intervención quirúrgica leve en las rodillas, me dice que yo le he mentido, que es una traición y que hubiera preferido la verdad. Aparece, inesperadamente, una intensa relación transferencial negativa.
¿Quién le mentía o le traicionaba? ¿A quién había tenido que ser infiel? Esta locura privada (A. Green) inaugura un circuito diferente. Aparecen escenas infantiles donde él es cómplice de su padre en sus relaciones de adulterio, que debe tolerar y silenciar porque es cosa de hombres. ¿Cuál es el precio por esta identificación? ¿Qué repercusión tuvo en su vida adulta?
Silvia de 39 años, casada y sin hijos, tiene el proyecto de adoptar pero consulta por sus temores y dudas al respecto.
En los comienzos de la psicoterapia exploramos sobre una hiperactividad laboral como compensación de su esterilidad. Siente estar en deuda con sus padres y con su pareja. Deuda que como humanos y como analistas sabemos que nunca podremos saldar plenamente.
Después de un año de tratamiento servicios sociales les comunica la disponibilidad de un niño en adopción (llevaban en esa lista cuatro años). Me comenta en la sesión siguiente que está profundamente agradecida conmigo porque “yo lo sé bien, tú has movido relaciones y amistades que tienes para que esto se concrete”, “tú conocías cuanto he sufrido por ello”.
Me viene a la memoria, creo que para tranquilizarme por ese lugar mesiánico, lo que Freud plantea sobre un hijo como ofrenda al padre, las fantasías del analista como padre de un bebé nacido en la transferencia, etc. Temía que ese brillo fálico otorgado ofuscara mi pensamiento.
Sergio, 22 años, llega a sesión siempre unos minutos antes y se queda en el portal un tiempo después, comenta posteriormente, pues tiene la fantasía de que yo me dedico a la docencia y en clínica solo lo atiendo a él.
Estos son momentos donde irrumpe el sinsentido, la falta de cordura y sensatez, la transferencia cristalina de los procesos primarios. La aparición y sobre todo la repetición de estos fenómenos, nos hablan de un cambio en lo que llamamos simbólicamente:
- El paciente, el lugar de los síntomas.
- El analizado, el analista protagonista activo.
- El analizante, el analista como una máscara que estimula y relanza el circuito del deseo a través de la neurosis transferencial.
Requiere tiempo, paciencia y capacidad sostener estas neoformaciones. Freud optaba por explicitar y verbalizar, mediante la interpretación, un error que escondía grandes verdades. Lacan optó por reflexionar en silencio desde este lugar y mediante una pregunta, una inflexión o un comentario, no exento de suspicacia, deshabitar este espacio. Dura tarea, prestar a diario un cuerpo obligado a representar. Allí, ficción/realidad, locura/cordura y presencia/borramiento están peligrosamente cercanos.
Si defino el psicoanálisis como modificación de la posición subjetiva, reescritura y resignificación de la historia, recomposición de la trama identificatoria, tengo que aclarar que estar continuamente trabajando el deseo, el goce, la castración, la pulsión nunca satisfecha, es una tarea insoportable por no decir condenada al fracaso por lo siniestro.
Son solo momentos puntuales y privilegiados. Es imposible acercarse a un abismo sino es desde una barra donde sujetarnos.
El analizante deviene un aventurero del espacio interior que encuentra un arca perdida que siempre le perteneció, llena de tesoros valiosos y de rocas de las que nunca conocerá su nombre. El terapeuta acompaña y ayuda mostrándole un plano que el paciente transformará en un mapa singular con sus caminos y obstáculos.
Este terapeuta se transformará en analista cuando sepa y acepte mantenerse en un silencio comprometido, renunciando a su narcisismo teórico, y permitiendo que el viajero abra sus puertas. Allí lo esperan hace mucho tiempo personajes que esperan a su verdadero protagonista.