Comer de más
Contra ese apetito voraz que no podemos saciar, se sabe que platos de pastas, carnes, dulces, muchos dulces, calmarán solo momentáneamente esa languidez que se describe como un agujero en el centro del cuerpo que nada nunca puede colmar.
El sufrimiento del bulímico lo lleva a comer cantidades de alimentos de todo tipo y calidad a escondidas. A veces acompañado de vómitos, como en algunos casos de anorexia, otras atosigándose y llenándose de ese “tesoro” que lo deja tranquilo y acompañado sólo por unos momentos.
Freud hizo hincapié en la íntima relación de la alimentación y los deseos interhumanos. “Comer/ser comido” aparece como uno de los primeros pares antitéticos de la pulsión oral, como un intento, frustrado siempre, de ser y tener al otro. Tal es así, que coloca a la incorporación oral como el más arcaico de los mecanismos de la identificación primaria.
Es Karl Abraham quien describe el vacío atroz del melancólico que se ha quedado sin “alimento/el otro” dentro de él y ha perdido la esperanza de poseerlo.
Es imposible calmar el hambre del bulímico ya que no tolera que ese vacío que propició el otro, es insalvable y constitutivo de su ser.
Los cuentos infantiles plantean estas fantasías de devorar al otro como forma primitiva de poseerlo y dejarle una marca del mordisco, cuña, que como una cicatriz umbilical señala que Drácula también tuvo una madre.
Caperucita y su temido/adorado lobo hambriento, parecería que no hay abuela que pueda con él. Hansel y Gretel, los deliciosos niños-pastel de una bruja con apetito insaciable, es un cuento mucho más antiguo que Aníbal el caníbal de “El silencio de los corderos”. Y para pasteles de carne humana nadie mejor que Shakespeare y su “Titus Andrónico”, en el cual comerse a los hijos es la escena invertida de comerse al padre totémico de Freud, como muchos atracones de comida después de una corrida.
Los alimentos con una sorpresa-premio dentro nos traen la ilusión que nos hemos llenado de eso que anhelamos. El premio le toca a uno hasta los próximos roscones, excepto que nos los devoremos rápidamente de un bocado. Pero siempre quedará fuera de nosotros ese pequeño premio, insignificante pedazo del otro imposible de digerir (y simbolizar).
Debemos estar advertidos cuando nos digan que estás como un queso, bombón, yogurcito o churro sudamericano, y por razones de seguridad mostrar, como Hansel y Gretel, solo un dedito.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.