Deprisa, pronto, parto prematuro

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Luisa y Mariano son un matrimonio de jóvenes futuros padres que esperan, con anhelo y mucho amor, un niño que cristaliza una serie de proyectos e ilusiones. Los estudios que se realizan a Luisa durante la gestación, indican un desarrollo correcto que hace prever un parto normal.

Sin embargo, y allí es donde la fisiología y biología muestran su entrecruzamiento con lo emocional, inesperadamente y poco antes de los siete meses del embarazo, Luisa comienza con contracciones y dolores que motivan su ingreso en urgencias, produciéndose un parto prematuro.

Obviamente el pequeño, en este caso literalmente ya que pesa 600 gramos, es trasladado rápidamente a cuidados intensivos de neonatales.

A pesar de la idoneidad pediátrica, la madre comienza a percibir un estado de desasosiego y luego una profunda tristeza y miedo. Demasiado rápidamente se le administran psicofármacos, tranquilizantes suaves, y se diagnostica también con mucha prisa una posible depresión post-parto.

Es en ese momento cuando el padre pide a un psicoanalista que se acerque al lugar del parto y converse con la madre. Las entrevistas se realizaron en la institución mientras la madre se recuperaba y luego ella asistió algunas semanas a la consulta psicoanalítica.

La rapidez para atender a esta madre desesperada coincidía con la prisa con la cual se atendió y colocó al bebé en la incubadora. Urgentemente este niño era reacomodado por medio de sondas, tubos, luces estimuladoras y gasas en sus ojos, para recordarle algo imposible de reproducir: el calor del vientre y los ruidos de las vísceras de su madre.

La madre hablaba entrecortadamente, asustada y culpabilizada, de los riesgos de muerte de su niño. A pesar de las explicaciones que los médicos le habían dado, ella insistía en su incapacidad para haber albergado más tiempo a “este pequeño animalito”.

La madre dice, “escucho en los otros cuartos el llanto de los bebes; el mío no llora, no me puede ver”, “le han tapado los ojos para protegerlo, pero me asusta y apena mucho verlo lleno de tubos y que no me pueda ver”.

La madre de la madre, abuela, comenta para tranquilizarla, “qué tontería preocuparte de esta manera, no ves que es un niño que tenía muchas ganas de salir y conocernos”. La madre del padre, suegra, también intenta tranquilizarla, “pero mujer que los niños prematuros luego son muy fuertes… ¡mira a su padre!”.

El padre dice, “me da vergüenza confesarlo pero no me animo a conocerlo”, “mi mujer dice que se parece a mí y que me anime a acercarme a la incubadora”, “tengo miedo de desmayarme y desde el comienzo ser un padre sin fuerza”.

Estas frases, frecuentes en estas situaciones, son “trabajadas” por la madre quien puede relacionarlas con sus fantasías de haber expulsado a su bebé, y luego la pena y el anhelo para acercarse y permanecer al lado de este útero artificial y percibir que esta madre mecánica le permite vivir.

Los padres de un niño prematuro tienen el derecho de ser atendidos y escuchados.

El psicoanalista puede intervenir en otro contexto que el de su consulta, salir de este útero, a veces tranquilizador, y escuchar e intervenir en situaciones difíciles y críticas.

No se trata solo de que el niño sobreviva, sino ayudar a que la madre nazca como madre y a pesar del cristal que los separa posibilitar un beso, como en Blanca Nieves, que despierta de la muerte.

Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.