Cochina vida sin ley

“La violencia de la alegría espasmódica está en mi corazón, profundamente. Y esta violencia, al mismo tiempo tiemblo al decirlo, es el centro de la muerte que en mí se abre.” G. Bataille, Las lágrimas de Eros
A comienzos de la década de los años 70, poco después del revolucionario 68, Stanley Kubrick estrena “La naranja mecánica”, película que dejó una huella profunda y dolorosa en toda una generación.
De ese filme es la frase que da título a este artículo, dicha por un mendigo al que maltrata y tortura un grupo de jóvenes delincuentes ultraviolentos. Hace referencia a un mundo caótico donde se reniega de las diferencias generacionales, raciales y económicas. Una escena premonitoria de las muchas ocurridas de vandalismo callejero protagonizado por grupos que han hecho de la violencia una forma de vida, una ideología, una identidad al fin.
Kubrick se caracterizaba por tener un estilo meticuloso, obsesivo y perfeccionista en sus películas. Todas, con sus notables diferencias de género, presentan su sello personal, su fascinante creatividad y una mirada lúcida y frontal hacia el ser humano, describiéndolo en sus aspectos angelicales y demoníacos.
Para este realizador, la violencia en todas sus manifestaciones no es un enemigo localizado en un país exterior, no son los otros, sino una parte esencial de la vida y de la pasión de cada sujeto. Sin ser este un planteamiento novedoso, llama la atención por venir de un hombre de la industria cinematográfica norteamericana que eligió vivir en Inglaterra.
Rechaza la utopía de un mundo sin violencia o el retorno a un paraíso perdido donde solo imperaría el bien. En sus obras, el ser humano está inmerso en un mundo de contradicciones y ambivalencias, encontrándose en el mismo sujeto aspectos humanitarios y sádicos que pugnan por salir.
Ya se trate de un boxeador, “El día de la lucha”, de un tribunal militar, “Senderos de gloria”, de un adulto paidófilo, “Lolita”, de la dialéctica entre el amo y el esclavo, “Espartaco”, o de la humillación y el horror asesino en los entrenamientos militares, “La chaqueta metálica”, sus personajes y escenarios nos muestran que el odio, la muerte y la destructividad cabalgan junto al deseo y la búsqueda de libertad.
En su primer cortometraje, “El día de la lucha” (1951), muestra a un boxeador en el día anterior a un combate, presentando este “deporte” como una de las formas paradójicas de la sociedad para instrumentar la violencia.
Otra de sus primeras películas, “Senderos de gloria” (1957), cuestiona con ironía y valor, a través de un suceso real ocurrido en la 1ª guerra mundial, los tribunales militares y lo absurdo de la guerra y sus supuestos actos heroicos. El título de la novela autobiográfica en la cual se basa este filme, remite a un verso del poema de Thomas Gray, “Los senderos de la gloria no conducen más que a la tumba”. Esta posición antimilitarista y antibelicista desató las iras armamentistas europeas. No pudo estrenarse en Francia hasta 1975 y en España hasta 1986.
“Espartaco” (1960), transformó una superproducción hollywoodense en una dialéctica ejemplar del amo y del esclavo, aspectos que se daban tanto entre los senadores del Imperio Romano como en el pueblo sometido.
Sorteando la censura, “Lolita” (1962) muestra la irrupción sin control de la pasión entre un hombre mayor y una niña.
La locura de los jefes de las superpotencias puede desatar arbitrariamente una guerra mundial en “Teléfono rojo” (1964).
Los hombres como los monos, “2001: Una odisea en el espacio” (1968), conservan la ferocidad del dualismo imaginario que conduce a la aniquilación del otro, aunque se transmuten en astronautas, luchando a muerte con sus propias creaciones, los cerebros electrónicos de las naves espaciales.
Volviendo a “La naranja mecánica” (1971), los torturadores salen todas las noches dispuestos a vivir una jornada de violencia con ataques teñidos de erotismo y muerte. Antes, van a un pub donde preparan un cóctel especial de leche y drogas alucinógenas. Una mezcla particular para lanzarse al abismo de esas experiencias sin significación, solo actos de dolor, placer y caos.
Uno de los jóvenes de la pandilla asesina es detenido y sometido a un tratamiento psiquiátrico conductual. Sin embatgo, tanto los policías de la prisión como los médicos adquieren visos de sádicos torturadores. Incluso vemos encuadres cinematográficos paralelos que manifiestan sorprendentemente, la violencia de las instituciones que se supone que la corrigen. Logran convertirlo en un ser sin elección ni deseos, es decir, desaparece como sujeto.
La tesis de Kubrick es que la violencia solamente puede ser superada si nos enfrentamos y la aceptamos como una característica esencial del ser humano desde sus orígenes. Es ilusorio tratarla médica o militarmente como un virus o una tara genética. Hay que estudiar su origen en el contexto de cada individuo y las posibilidades sublimatorias que existen, reenviándola al mismo ser para que se responsabilice de sus propios actos y deseos.
La inteligencia de este director está en permitirnos mirar y reflexionar sobre la esencia del sujeto en la guerra, la familia, las instituciones y la política, sin quedar atrapados en las redes de sus exquisitas imágenes cinematográficas. Pensar sobre las causas y efectos de la violencia sin sarcasmo o insensibilización, como en muchas películas actuales en las que la destructividad humana se observa sin mirar, es decir, sin comprometernos en lo que a sujetos nos incumbe.
En obras posteriores, “Barry Lindon” (1975), “El resplandor” (1980) y especialmente “La chaqueta metálica” (1987), vuelve a mostrarnos el descenso a un infierno creado por el propio hombre. Su último filme “Eyes Wide Shut” (1999), plasma en imágenes cuasi oníricas las fantasías eróticas y agresivas de una pareja de psicoterapeutas neoyorquinos.
El protagonista de “La naranja mecánica” dice, “quiero cambiar, yo no soy malo, es que no sé pensar”. De eso se trata.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.