Negación fundadora
David es un niño de 10 años que es traído a la consulta por problemas de conducta. Esto significa que es especialmente desobediente con su madre, y se pelea con ella y con su hermana de 8 años a la que descalifica y de la que se burla continuamente. Con su padre es muy sumiso, busca complacerlo y a veces parece temeroso de él.
En el colegio sus notas no son buenas y su comportamiento es violento algunas veces, dice tacos y parece no respetar las normas de la institución. Provoca al tutor del curso y le “torea para que reaccione castigándole”, según los padres.
Esta pequeña descripción clínica es sólo un pretexto para acercarnos a un tema importante en la génesis de la masculinidad de los niños varones, valga la redundancia entre lo genérico y la sexuación.
El niño varón desde su nacimiento está expuesto a los cuidados maternos. Todo su cuerpo se ofrece a disposición de su madre. Ella con sus cuidados y su amor, y también su hostilidad inconsciente, es generadora de un don de cuerpo, artesana del surgimiento del deseo en el niño, pero por otra parte esta seducción tiene un precio: parte del propio cuerpo infantil parece haber sufrido una “expropiación”.
Haciendo referencia a los cuidados infantiles, Freud relata uno de sus sueños con su nodriza a la que llama “mi generadora”. Seducido por ella pero creado a su imagen, concluye con una fórmula muy sugestiva “yo=ella”.
Esta ecuación le permite deducir que la identificación originaria en los niños, ya sean varones o mujeres, es primariamente hacia la madre. No serían hijos de una pareja sino de una figura, madre-nodriza, cuya seducción es estructural.
Desde esta perspectiva, y en algunas situaciones, no le queda otra posibilidad al niño varón para perfilar su masculinidad que discutir, pelearse y enemistarse continuamente con su madre o figuras sustitutivas, como forma de romper esta fantasía atemorizante “yo=ella”.
Es frecuente, como en el caso de David, que antes de estos días infernales con su madre, por lo que se consulta, otro calor, el erótico, predominara en su relación.
Existe otro aspecto generalmente olvidado e importante, cuando Freud describe el complejo de Edipo en los niños habla también de posiciones invertidas. Es decir, que la niña además de su conocido romance paternal, juega a seducir a su madre y rivaliza con su padre, y el niño ocupa inconscientemente una posición femenina desde la cual quiere conquistar y poseer a su padre, y lo que le supone tener, y rivaliza con su madre.
Habría dos posiciones femeninas en el varón. Una, la de un pequeño que se confunde con el pecho de su madre, el pecho es un pedazo de mí “yo soy el pecho”, dice Freud, para poder luego tenerlo, es decir, no serlo. Y luego otra, en el momento edípico, que pasaría por conquistar a la reina rivalizando con el rey, pero también jugando a ser la princesa de este rey, para obtener los logros de su supuesto poder.
Ciertos comportamientos violentos frecuentes en los varones, por ejemplo la provocación como búsqueda de unas normas o las descalificaciones hacia las mujeres, no son sino maneras de negar lo femenino fundador, para poder construir una máscara propiamente masculina.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.