Jugar, repetir, buscar
Julián tiene siete años y es atendido en mi consulta por enuresis. Los padres están divorciados y hay una relación cordial entre ellos. Pero desde esta separación el niño tiene temores nocturnos y pide dormir en la cama de su madre. Cuando ella no acepta, aparece el síntoma enurético.
En las primeras sesiones Julián dibuja, juega y cuenta narraciones donde es posible abordar la situación actual de su familia y los temores en las alianzas o pactos con cada uno de los padres.
Sin embargo después de estas semanas iniciales, entra en la consulta y permanece de pie en la ventana. Como si se tratara de un muñeco robotizado comienza a hacer un movimiento pendular con el cordel de la cortina. Permanece así unos 15 minutos, impermeable a mis comentarios, excitado y repitiendo este acto sin sentido.
Este momento clínico me permite describir dos aspectos diferentes en el juego infantil.
Uno donde el niño escenifica, dramatiza, dibuja, habla de situaciones que representan sus fantasías, sus deseos y también sus conflictos. Esto es lo que ha permitido al psicoanálisis el abordaje terapéutico de su mundo reprimido. Freud lo llama retorno de lo reprimido y, como “los viajes al centro de la tierra”, nos acerca a ciertas simbolizaciones a partir de las cuales estudiamos el inconsciente.
Pero existe otro estilo lúdico, como Julián con el cordel, donde el juego se presenta como algo repetitivo, inerte, como si el niño estuviera dominado por una fuerza que le obliga y somete a hacer más de lo mismo. Si bien esta modalidad alcanza su expresión más elocuente en niños con síntomas graves, como obsesiones y psicosis, se encuentra de manera moderada en los juegos normales y en todo contexto del juego infantil.
Freud hizo una descripción de esta modalidad que abrió nuevas perspectivas, confiriéndole a la repetición el estatuto de un acto constitutivo del sujeto, y no solo bajo la atención de un síntoma a curar.
Más allá del dibujo o juego que le permite al niño simbolizar, y apaciguarse, hay algo de su entorno que él no puede hacer propio, no puede inscribirlo en su escenario interior. Esto le produce una inquietud y desasosiego que lo lleva a repetir mil veces la misma secuencia. Sin embargo en estas reiteraciones existen mínimas diferencias, a veces imperceptibles, que indican que el niño está en la búsqueda de algo. ¿Algo que perdió? ¿Algo que desea encontrar?
Es cierto que estos juegos repetitivos permiten el aprendizaje y dominio de lo desconocido como plantea la psicología evolutiva. Pero no se trata solo de una simple destreza motora, sino que a partir de los pares de oposiciones es posible la creación de las primeras representaciones.
Si recordamos a Julián, su cuerda se mueve arriba/abajo, cerca/lejos de la ventana, floja/tensa, etc. Juego que podemos observar también en el bebé cuando aparece/desaparece con su sabanita (cucú-tás) o sus ruidos/silencios, así como el silabeo incesante y sin significación. Esto indica que se avecina un tiempo constituyente. Es un momento fundacional donde la génesis del símbolo testifica que la realidad de la presencia puede dar paso a una ausencia, sin que esto signifique la muerte.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.