Comentario al texto de Michèle Benahim

Agradezco el envío del trabajo de Michèle que me permitió reflexionar sobre algunos puntos de difícil trabajo en la clínica. Uno de estos aspectos de complejo abordaje, es cuando una mujer embarazada o una madre reciente se plantea con horror las fantasías de destrucción de su bebé.

Ideas compulsivas como preparar la comida y envenenarlo, o que se le escape el cuchillo y lo asesine o arrojarlo por la ventana, suelen ser percibidas como algo enloquecedor, que la llena de culpa e incluso si no será debido al proceso analítico que “le aparezcan” estas fantasías prohibidas, inquietantemente extrañas.

Otro matiz de esta ambivalencia que plantea Michèle es más tolerable cuando la madre comenta que son las empleadas de la casa las que pueden, por venganza envidiosa, proferir algún daño o quitarle su preciado bebé. Una de mis pacientes relata:

“He tenido que dejar mi hijo al cuidado de una mujer sudamericana, es excelente y muy tierna, pero pienso que ella dejó a sus hijos en su país para emigrar y tengo miedo que se apropie de mi hijo y él la llame mamá. Estoy hablando con mi esposo que es preferible que no vea ni toque más al niño y solo haga tareas de la casa.”

Otra situación donde el odio de la madre no puede ser simbolizado y aparece proyectado masivamente es cuando se evacua en el personal de enfermería o los médicos pediatras. Una madre me dice al respecto:

“Jamás me imaginé tan mal trato hacia el niño. Parecería que no deseaban que viviera, estoy aterrorizada y voy a cambiar de clínica otra vez, ¿no será que tiene interés que muera por que hay tantas necesidades de transplantes o comercios de órganos de niños?”

Estos recuerdos reaparecieron al leer el trabajo de Michèle, incluso uno muy antiguo de mis prácticas en obstetricia cuando entre el dolor y la sangre del parto, las parteras gritaban a las futuras madres “déjelo salir, no es bueno que se lo guarde adentro” o “déjelo que viva, si se queda dentro suyo él morirá”.

En el seminario Encore, Lacan comenta: “Esto que para ustedes hoy yo escribiré como odioamoramiento, es el relieve que ha sabido introducir el psicoanálisis para situar allí la zona de experiencia.”

Este neologismo nos habla de la importancia de un buen enlace, aunque sabemos lo difícil que es de lograr, para que haya un corte con el goce parasitario o como Lacan comenta más adelante, “el buen empalme (épissure) es condición para lograr el corte (coupure)”.

Creo además que el trabajo de Michèle apunta a las posibilidades del “más allá de la madre toda” y su estructuración como mujer. Avatares relacionados íntimamente con la feminidad.

La madre corre el riesgo de acercarse dilemáticamete a uno de los dos polos, el tener pleno y completo con un niño como extensión de su carne o el vacío más catastrófico como observamos en algunas modalidades de las psicosis puerperales.

Es justamente y con dificultad el simbolizar esa tensión irreducible entre el tener y el vacío, lo que posibilita una renuncia que impida que el amor desmesurado recorra el camino inmediato del cuerpo a cuerpo y se transforme en muerte.

Freud habla en “Más allá del principio del placer” de una misma pulsión, pero cuyo recorrido según se realice en la inmediatez o en la prórroga de lo simbólico, podrá ser llamado de vida o muerte.

Un amor que como una desmesurada tormenta pasional, atraviesa al niño sin la barrera del orden fálico. Es un amor impregnado de horror. Lacan recordando a Heráclito dice, “cuando la vida se afirma sin el límite de lo simbólico conduce rápidamente a la muerte”.

Una mujer que desea un hijo no solo anhela el falo del padre, lo cual es un reduccionismo por otra parte cuestionado. Algo más allá de lo fálico se juega en ese nuevo ser, la afirmación y la extensión de su ser.

Pero este amor puro y duro sin las posibilidades del enlace simbólico con el odio, puede tener posibilidades de resolución diferente. Dirigirse al otro para aniquilarlo y hacerlo desaparecer como única manera de afirmar la solidez completa de mi ser (remite al narcisismo especular). O bien un odio como el que plantea Michèle, que deja una muesca en la plenitud del otro y de esta manera mi existencia como sujeto, imperfecto, sea posible.

Lacan hablaba de un odio propiciatorio cuando se refería a colegas que no lo amaban pero que aún así lo leían. De esa manera no anulaban su existencia.

El valor de un hijo será entonces totalmente diferente según pueda integrarse o no en el orden fálico, donde la función paterna es esencial. Cuando no se puede transformar el dos en tres, el hijo se reduce a un pedazo de carne materna y, como un trozo visceral, la madre dispone caprichosamente de esta libra de carne.

Jenny Aubry hablaba de una madre a matar, correlativa al niño del narcisismo inmortal a matar en uno mismo, en relación a lo que describe Michèle del texto de S. Leclaire. Además, relacionaba la partición de la mujer con el destete de la madre a la caída del analista como pequeña a y su des ser en el fin de análisis.

Podríamos pensar en las dificultades transferenciales en los procesos de fin de análisis, cuando es el analista el que no puede simbolizar esta caída que permita la separación del analizante. Incluso a veces con interpretaciones advirtiendo de los riesgos y peligros, casi como una madre opresiva donde no parece haber actuado la metáfora paterna.

Esta madre toda sitúa al niño en un espacio de retorno a la totalidad arcaica. Una completud a su vez relacionada con su filiación edípica y con una madre generalmente sin fisuras. Pero el precio de este aparente triunfo es el aplastamiento de su feminidad.

Si bien la madre toda es indispensable, A no barrada (aquí hay otra posible analogía con el sujeto supuesto saber de los inicios transferenciales), paulatinamente y por la mediación simbólica del padre asume, no sin odio, una nueva estructuración donde ella se enfrenta a su incompletud y a la caída de la diosa madre omnipotente.

Jenny Aubry recuerda, “la función materna es dilemática, en cuanto una disponibilidad total y alienante para que el niño sobreviva, y una ruptura necesaria, perdida o partición para que su hijo advenga como sujeto”.

Creo que Michèle plantea una propuesta para resolver el dilema por medio del encuentro e imbricación conflictivo entre el amor y la muerte.

Como dice en su trabajo, en cada corte se pone a prueba hasta donde cada ser humano en su estructura genitora ha podido metaforizar la pérdida, es decir, poder transformar la muerte en falta.