Las perversiones, editorial de Diván el Terrible

Este número de Diván afronta un tema, las perversiones, difícil por su abordaje y sus efectos individuales y sociales. Somos conscientes de que cada uno de los perfiles perversos que el psicoanálisis ha estudiado se merecería un número individual y quizás lo podamos realizar próximamente.

Freud retoma los conceptos de la sexología de la época, “Psychopathia Sexuales” (1899) de R. Von Krafft-Ebing y “Estudios del fetichismo” de Alfred Binet (1887), por nombrar solo los más significativos. Pero como ya había pasado con otros conceptos heredados de la medicina, filosofía o antropología, Freud les va a dar una nueva vuelta de tuerca excepcional por sus revolucionarios conceptos y su comprensión simbólica de las perversiones.

Entre otros textos, en este número hay colaboraciones de escritores, publicistas, fotógrafos y jóvenes atentos a los cambios sociales, quienes ofrecen su propia perspectiva de este tema polémico. Somos varios los psicoanalistas que escribimos en este ejemplar, quizás por el compromiso de informar, aclarar y responsabilizarnos frente a estos problemas que causan malestar en lo social y algunas veces gran dolor en las personas que han intentado resolver sus angustias de esta manera.

El planteamiento freudiano en sus conferencias públicas no deja dudas: la patología neurótica, psicótica y perversa si bien responde a defensas particulares, son formas fallidas y sintomáticas de intentar enfrentarse con los caminos sorpresivos de la incompletud de la sexualidad humana.

ImagenEs justamente en el tema de las perversiones cuando Freud expone la teoría convulsiva que le ocasionó tantas enemistades y resistencias en su medio científico. El deseo humano apuesta, es “perverso”, ya que se desvincula de su camino natural (instinto animal), buscando maneras y objetos de satisfacción que dependen no de una degeneración mental o biológica (explicación de su época), sino de la historia familiar de cada persona. Cuando enumera el catálogo de perversiones, frente a un auditorio victoriano, termina diciendo, “nada de esto nos es ajeno (remedando a Nietzsche), sino que son componentes de la sexualidad humana que se presentan y se observan ya en la infancia”.

Aclara también, para tranquilidad de su público, que no todos estamos destinados al ejercicio de actos perversos, sino que a través de la instauración de una ley, no jurídica sino cultural, que organice y encauce el deseo podremos “reprimir” las modalidades perversas polimorfas de la sexualidad infantil. Este mecanismo es justamente el que el perverso permuta por otro mecanismo: renegación, “sabe que la madre no es omnipotente ni completa, y la vez, no quiere reconocerlo”, reniega de este juicio y la percibe llena y sin carencias.

El problema es que este aparente triunfo tiene sus efectos clínicos y sociales. Además, el perverso no tiene conciencia que su desafío y trasgresión a la ley no es algo elegido, sino que se ve compelido a un mandato imperativo e inconsciente que le ordena, sin dejarlo reposar ni un minuto: “gozar eternamente”.

El psicoanálisis estudia y trabaja con estas dificultades independientemente de las evaluaciones jurídicas y morales que puedan tener. Aporta y se enfrenta con éstas cuando es requerido, no olvidando que el perverso es un niño que no ha podido renunciar y asumir las pérdidas que implica ser un adulto sexuado.

Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.