Niña quemada
Elena, 8 años, está ingresada en un hospital de niños por quemaduras graves. Sus padres están también hospitalizados, después del accidente de coche que ocasionó esta patología.
La niña se está recuperando clínicamente, pero después de unas semanas se solicita ínter-consulta con un psicoanalista ya que presenta una serie de comportamientos extraños.
Ha dejado de hablar, no quiere jugar con otros niños, presenta un balanceo rítmico en la cama y lo que más alarma a enfermería, coge su materia fecal y mancha con ella su cama y las paredes al lado de ella.
En la brevedad de esta nota conviene recordar que el término “trauma”, proviene del griego y significa herida, perforación.
Freud recoge este término, que se ha popularizado mucho y erróneamente, para estudiar situaciones violentas físicas y psíquicas que padece el ser humano. Pero su hallazgo fundamental es relacionar los traumatismos actuales por los cuales se consulta, con una reapertura de otras heridas, de otros momentos arcaicos que son inaugurales e inevitables de la vida psíquica.
Desde que nacemos la piel recubre un cuerpo biológico con necesidades. Esta piel se abre al exterior por medio de orificios, permitiendo que a través de la boca, ojos, genitales, la madre ofrezca la humanización y el deseo a este niño. Esta biología es la base desde la cual, puede, separándose de ella, estructurarse una historia, con sus representaciones y deseos.
La aparición festejada del lenguaje marca especialmente que desde ese momento, el acceso a los objetos de deseo y amor nunca más serán de una manera directa cuerpo a cuerpo, sino mediatizada por el lenguaje. Este es el trauma constitutivo del cual los humanos no podemos “afortunadamente” escapar.
Retomemos a Elena con su dolor y su piel llena de aberturas y desgarros. El accidente ha producido una conmoción en su historia que está haciendo caer sus velos y defensas. Su piel está llena de apósitos y vendas, pero hay algo descarnado que resurge y que ella intenta tapar. En esta niña analizamos las consecuencias del trauma actual pero sobre todo, cómo ella fue cerrando y cicatrizando las heridas propias que originaron las separaciones humanizantes.
Sin duda muchos niños con una situación tan dolorosa como Elena, no reaccionan con ese nivel tan acentuado de regresión y desestructuración.
El episodio actual desencadena la reaparición de un tiempo donde la palabra aún no era el embajador del deseo, unos orificios que lo único que permiten es el silencio del cuerpo como necesidad. La materia fecal con la que se toca, es la última posibilidad (riesgosa) de acariciar su piel. La repetición automática de balanceo supuestamente le da calma pero es un letargo donde ya no piensa, no hay fantasías, solo el aislamiento de la pulsión de muerte.
La recuperación de estos niños supone un trabajo psicoanalítico paciente y largo. En Elena al principio era ser sólo el testigo de su balanceo y responderle con la mirada cuando ella se animaba a hacerlo. Paulatinamente fue cogiendo algún elemento lúdico y murmurando algo como un bebé. Pero podríamos decir que se recreó un “diferente apósito para cubrir sus heridas”.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.