Suspendido

Cuando el niño rompe, desarma, destripa un juguete o un insecto, sus pulsiones de dominio y escópicas (tendencia a mirar), son sublimadas para investigar, curiosear, reorganizar e incorporar algo de lo que él ha fragmentado.
Las angustias arcaicas de fragmentación son elaboradas. El niño con verdadera pasión, investiga y aprende de los objetos pero además “sin saberlo”, sabe de él como sujeto.
Pichón Riviere retomó estos conceptos y plantea que es imposible desear aprender, sin antes haber pasado por una situación de carencia, de falta, de castración. Solo desde allí, el alumno en este caso, podrá anhelar lo que él supone que posee totalmente su educador. Lo importante es que el maestro no se instale petreamente en ese lugar de supuesto saber que el niño le demanda.
Los padres con sus cuidados y los educadores con su enseñanza tienen una fuerte raíz compartida, el deber simbólico de una tradición filiatoria. Ambos, con sus diferencias, transmiten una historia. Para constituirse como sujeto el niño debe apropiarse de su pasado que le es legado. No es casual al respecto, la cantidad de preguntas que hace el niño sobre sus orígenes y su apetencia por los cuentos infantiles que tanto le agradan, ya que muchos de ellos abordan simbólicamente el tema de la genealogía familiar.
Desde este punto de vista, un niño con fracaso escolar debe ser considerado como un síntoma, que como tal, muestra y oculta una serie de inhibiciones y conflictos que impiden el despliegue de la pulsión de saber.
Si bien este síntoma puede expresarse en un área específica del aprendizaje, como discalculia, dislexia o disortografía, cuando no obedece a trastornos neurológicos demostrados, es una particular manera de manifestar que es algo del sujeto lo que está fallando, y no solo que el niño/alumno es vago, perezoso o que “siempre se le dan mal las matemáticas”.
Si solo se aborda al niño por re-educación en cada una de estas áreas por separado, no se hace sino tapar o anestesiar algo de su verdad que intenta expresar el síntoma del fracaso escolar. Esto no excluye el trabajo de refuerzo educativo, pero no en lugar del análisis sino además del tratamiento.
Para Lacan, la posibilidad de saber está relacionada con la renuncia a la erudición. Es desde este vaciamiento, donde el saber se formula como algo nuevo que el sujeto teme conocer. Diferenciamos así radicalmente el conocimiento, que es un saber adquirido, lógico, cuya significación es sistematizada y fijada, y “otro saber” que no se sabe, es el del inconsciente y propio del sujeto dividido, en su constitución, que se pregunta por sus historias y enigmas que ya le pertenecen, pero él desconoce.
Teniendo en cuenta estos aspectos, fracasar en los estudios para el psicoanálisis es poder escuchar algo más, reabre la pregunta qué soy para mis padres más allá de una buena nota, qué quieren de mí más allá de un buen trabajo. Algunas veces lamentablemente parece que el único reconocimiento u organización narcisista pasaría por el triunfo y las calificaciones más altas, formando de esta manera el pedestal, algunas veces endeble, del éxito imaginario.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.