Niños en el diván

Si bien Freud establece que la infancia es el momento del ser humano donde se fijan y establecen determinados conflictos y defensas, no creó una técnica particular para tratar a niños, pensaba que con una intervención parental podría solucionar síntomas en esta edad.
Ana Freud y Melanie Klein son dos de las pioneras del psicoanálisis infantil, desde posiciones muy diferentes (y enfrentadas) aunque como toda madurez, con puntos de coincidencia al final del camino de sus obras.
Ana Freud investigó especialmente las líneas evolutivas del yo infantil y las dificultades en la adaptación a su entorno social, íntimamente relacionado con el escenario inconsciente de cada niño.
Proponía una primera serie de entrevistas donde se le aclaraba al niño por qué sus padres habían consultado y que sus síntomas, aunque él no se diera cuenta, ocasionaban malestar en su medio y en él mismo. Mediante relatos del pequeño, sueños, cuentos y fantasías, intervenía tratando de resolver sus conflictos inconscientes y especialmente sus defensas.
Melanie Klein en cambio, no descuida la regla básica del psicoanálisis: la asociación libre que en el niño tiene su correlato en el juego. Si bien Klein no es la primera en utilizar el juego en terapia infantil, sí es la que teoriza y sistematiza en este aspecto. No olvidando por supuesto la historia familiar.
Uno de sus aportes más importantes fue el coraje de retomar un tema tabú para sus colegas psicoanalíticos, la pulsión de muerte. No temía hablarle al niño de sus odios, envidias, hostilidades, deseos de auto o hetero-agresión. Pensaba también en una estructura básica del ser humano: los aspectos más primitivos y desestructurados sobre los que se organizan, a manera de defensa, las psicopatologías.
Surge también en Inglaterra una tercera línea de psicoanálisis infantil, organizada por el pediatra y psicoanalista D. Winnicott, quien aporta un aspecto inédito hasta entonces: la capacidad del juego del niño como expresión no solo de los aspectos neuróticos, sino la capacidad creadora de poder sublimar deseos y emociones. Tema, por otra parte, sobre el que Freud ya había puesto los cimientos en su artículo sobre la relación del poeta con el juego infantil.
Para Winnicot, un niño perturbado psíquicamente no puede o ha perdido la capacidad de jugar y es fundamental proporcionarle a través de las sesiones, un escenario donde recupere la palabra a través del lenguaje lúdico.
Posteriormente corresponde a dos discípulas de J. Lacan el mérito de haber introducido la íntima relación de los padres y sus “locuras” con los síntomas de sus hijos.
Françoise Dolto y Maud Mannoni son las psicoanalistas francesas que escuchan atentamente a los padres y no solo al niño. A través de estas entrevistas van destejiendo minuciosamente cuales son las historias generacionales y fantasías inconscientes de los mismos. El niño aparece entonces en la vida con una historia previa que lo espera y lo modela, pero con un trabajo suplementario: construir paulatinamente su nuevo nacimiento, su vida engendrada por sus padres pero diferente a ellos.
Aún sin saberlo el psicoanálisis siempre ha trabajado con niños, pero estuvo esperando que aparecieran profesionales que sistematizaran su técnica y su clínica, ya que el adulto en el diván re-encuentra su infancia con otros juguetes: las palabras.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.