Un alumbramiento oscuro

Hace muchos años, cuando aún no existía la ecografía, la pregunta habitual después del nacimiento era, “¿qué es mi niño?”. La respuesta tranquilizadora “un varoncito o una niña señora”, cubría o frustraba las expectativas familiares intentando dar una explicación de lo que el recién nacido “es”.

El psicoanálisis nos ha enseñado que la sexualidad no es algo dado por los genitales, sino que se construye con los avatares de las identificaciones posteriores.

ImagenActualmente con el avance técnico en el diagnóstico del embarazo, las preguntas fundamentales después del parto son “¿es normal mi niño?”, “¿no le falta nada?”, “¿respira bien?”, etc.

Si afortunadamente la biología no nos hace una mala jugada las respuestas suelen ser, “el crío es totalmente sano”, “es completamente normal”, etc. La plenitud de la normalidad apacigua la ansiedad de los padres.

Pero cuando la naturaleza nos sorprende con un giro inesperado, el cuerpo del recién nacido puede presentar malformaciones o imperfecciones que suscitan inquietudes y angustias en el ambiente familiar.

Desde Freud sabemos que un niño ocupa un lugar particular en la estructura social mucho antes de su gestación. Este trozo de cuerpo que se desprende del cuerpo materno cumple, entre otras funciones, la de neutralizar y colmar (a un tiempo) cualquier insuficiencia materna, así como ser el cuerpo sobre el que se deposita y ratifica el narcisismo parental.

Esto nos permite comprender mejor el porqué del derrumbamiento de los padres cuando el recién nacido presenta una anomalía visible o interna, leve o grave.

Esta preocupación puede ser canalizada hacia búsquedas psicológicas y/o pediátricas para solucionar el problema. Aunque a veces nos encontramos con una gran devoción, especialmente materna, en el cuidado y atención al niño “anómalo”. Sin tener conciencia, la madre no se desprende nunca de este cuerpo parasitario que crónicamente la acompaña y colma a pesar de sus quejas y lamentos.

Estos niños que golpean con sus fallas congénitas, ponen en evidencia las fallas universales y constitutivas de los humanos. En cambio un bebé rozagante y redondo en su plenitud, tapa y disimula las fisuras de los que lo engendraron.

El cuerpo de un niño con fisura palatina, hidrocefalia, angiomas, hipotonía muscular, etc., en lugar de calmar y tranquilizar ratifica situaciones penosas. La continuidad generacional que nos protege frente a la muerte se cuestiona, aparecen culpas y reproches entre los padres de taras hereditarias, fantasías agresivas de haber causado algún daño durante la gestación, etc.

No hace mucho “salió a la luz” una información oculta al público durante años. Pablo Neruda tuvo una niña que nació con una anomalía severa: hidrocefalia y subnormalidad intelectual. En algunas cartas a amigos íntimos, este padre habla de su dolor, su incapacidad de asumir como hija a este ser “monstruoso e imperfecto”. Los reproches de la madre a Neruda son constantes: su falta de atención, su poco cuidado, su falta de ayuda económica.

Cuando alguno de los padres no puede sostener a este hijo “anormal”, ratifican y consolidan la patología infantil. Malva Marina (nombre de la niña) falleció a los ocho años en una familia holandesa a la que había sido entregada en adopción.

Un gran poeta sensible y vital huyó de este cuerpo que no pudo reconocer como propio. Vicente Aleixandre y García Lorca, amigos de Neruda, escribieron poemas sobre este dolor irreparable.

“Su majestad el bebé”, como llama Freud al recién nacido, puede ser un bálsamo de amor, pero también sin saberlo puede mostrarnos la impotencia enorme que se esconde en la omnipotencia humana.

Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.