Romeo y Julieta exprés

Pocas edades, como la adolescencia y juventud, nos permiten un torbellino de pactos y proyecciones en el otro amado como espejo de nuestro narcisismo e ideales.

¿De dónde procede esta fuerza que empuja hacia el encuentro amoroso intentando capturarlo para siempre? Escuchemos a dos jóvenes enamorados.

Julieta.- ¿Quién fue tu guía para descubrir este sitio?
Romeo.- Amor, que fue el primero que me incitó a indagar; él me prestó consejo y yo le preste mis ojos. No soy piloto; sin embargo, aunque te hallaras tan lejos como la más extensa ribera que baña el más lejano mar, me aventuraría por mercancía semejante.

No soy piloto, no soy dueño de esa fuerza que pugna por expresarse y que es reprimida justamente por esa violencia que causaría el encuentro imposible con el otro.

Freud incluso plantea que la otra cara de Eros es precisamente Tánatos, fuego que aúna y anula las diferencias tan difícil de tolerar y aceptar.

Desde que emitimos las primeras sílabas intentamos a través del lenguaje apropiarnos de lo inalcanzable. Poemas, canciones, cartas íntimas, susurros al oído del amado, son intentos de fusionarnos y apresarnos con el otro.

Julieta.- ¡Oh, no jures por esa luna bendita, por la inconstante luna, que cada mes cambia al girar en su órbita, no sea que tu amor resulte tan variable!
Romeo.- ¿Por qué jurar, entonces?
Julieta.- ¡No jures en modo alguno; o si quieres, jura por tu graciosa persona, que es el dios de mi idolatría, y te creeré!

Dioses internos, que por creer en ellos perdemos la razón, y sin embargo amores juveniles, como la luna, inconstantes y variables.

ImagenParecería que desde la época de Montescos y Capuletos, la historia amorosa no ha cambiado demasiado. Sin embargo, un fenómeno novedoso e impactante ha surgido en los últimos años, la inmediatez. La ilusión de arribar con premura y certeza a la persona amada.

Nuestro tiempo, caracterizado por una gran velocidad en los encuentros y despedidas, favorece la relación sexual rápida, furtiva y sin importar demasiado los rituales que anteceden a un encuentro amoroso.

La técnica de la escritura, el montaje cinematográfico, las noticias, la política es veloz. En este contexto no es extraño que el discurso amoroso sea conciso, rápido y fragmentado. Es en un tiempo posterior, a veces demasiado tarde, donde recién se piensa en el carrusel que hemos jugado.

Julieta.- ¡Romeo, quítate el nombre y a cambio de tu nombre, que no es parte de ti, tómame entera!

Si bien Julieta tiene la esperanza de romper con los prejuicios familiares, desconoce que un nombre, una mediatización simbólica, el lenguaje (por más que nuestros jóvenes actuales lo abrevien a casi lo inexistente), este obstáculo es justamente la valla que despierta y mantiene el amor.

Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.