¡Qué oso tan mayor!

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¿Quién no se ha enternecido mirando a un niño pequeño que deambula por la casa, viaja y duerme plácidamente, acompañado por un muñeco?

En nuestra cultura este peluche tierno y aterciopelado suele ser un oso, quizás por lo imaginario de este animal que de cachorro es muy juguetón y pasa muchas horas de su vida durmiendo tranquilamente.

Un célebre psicoanalista y pediatra inglés, D. Winnicott, estudió desde el año 1946 estos juguetes que rodean al niño en sus primeros años, así como la función que cumplen simbólicamente y los riesgos si perduran más allá del paraíso infantil. Incluyó cualquier objeto que cumpliera ciertos requisitos: suave al tacto, manejable por el niño y que no implique peligrosidad o despierte angustia, es decir, que pueda ser alejado o acercado a voluntad (cosa que no ocurre con los animales domésticos por más mansos que sean).

Así como el popular oso reúne estas condiciones, también pueden serlo la punta de la manta, la almohadita y varios otros que los padres temen mucho perder por las consecuencias de llanto y desesperanza del crío.

Estos objetos ocupan un lugar intermedio entre el mundo interno y externo del niño. Simbolizan a la madre que aún no pudo ser representada mentalmente y evocada. Más tarde su hijo podrá estar “solo acompañado”, una de las tantas paradojas winnicottianas. Solo físicamente con sus juguetes, pero acompañado de personajes en sus fantasías.

Estos primeros juguetes se localizarán en lo que el autor llama “fenómenos y objetos transicionales”, espacio de ilusión y creación donde el escenario interior de la criatura esta en interdependencia con el teatro de la vida.

Ahora bien, ¿qué ocurre si este oso persiste cuando el pequeño ya va al cole pero en la privacidad de su hogar no se despega de él, o le es imposible a los 8 años dormir sin él?

En estas situaciones observamos que este juguete, o lo que queda de su manta o almohadita de cuna, le suministra tranquilidad frente a la angustia de pérdida que se supone debió elaborar anteriormente.

Winnicott plantea siguiendo a Freud, que estos objetos se tornan en fetiches, y como éstos, cumplen la función de enmascarar y a la vez mostrar lo que no se tiene, lo ausente.

Los pueblos primitivos habían encontrado figuras a las que atribuían poderes mágicos y omnipotentes. Las religiones depositan en sus fetiches capacidades y virtudes idealizadas, pero también sirven de descarga frente a sus frustraciones, dejando intocable a su Dios.

El niño no es ajeno a este mecanismo de defensa tan humano. Con su muñeco (ahora fetiche) es como si dijera, “sí reconozco que estoy sin mi madre, pero no es cierto, aquí en este objeto está conmigo y alucino lo que carezco”.

El empleo de la palabra alucinación alejado de su significado psiquiátrico, hace hincapié en la importancia de la mirada (pulsión escópica) que lleva al niño a enfrentarse con una angustia que intenta solucionar de esta manera.

Clínicamente aún estamos lejos del terreno de las perversiones adultas, aunque tal vez sean los preámbulos, si no se interviene adecuadamente, para hacer que un individuo, sin proponérselo, convierta su profesión, su ciencia, sus creencias en fetiches/dogmas. Estos le darán una aparente tranquilidad y seguridad, pero nunca saberes inciertos que lo conduzcan a preguntas humanizantes.

Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.