Miente Pinocchio

¿Quién no recuerda esa nariz protuberante del hermoso muñeco de madera?

Curiosamente en el texto original de Carlo Collodi “Las aventuras de Pinocchio”, esta escena de su castigo por mentir mediante deformidad corporal ocupa dos breves momentos, pero ha sido tan impactante y soporte proyectivo de tantas identificaciones (e interpretaciones) que no hay niño o adulto, que no tema los efectos vergonzantes de la mentira.

Aunque la meta del Grillo parlante y el Hada (su madre, dice el muñeco) será que exprese su verdad, encontrará en sus aventuras que no existe una verdad, sino caminos múltiples para llegar a algo parecido a la “verdad”.

El film de Disney dulcificaba los pecados y castigos, pero Collodi no se anda con remilgos: pájaros que picotean su cuerpo, peces que muerden y comen su piel de burro (una de las metamorfosis por sus transgresiones), fuego que destroza sus piernas de madera, y todo un repertorio que podría haber ilustrado el número de “Diván el Terrible” dedicado a las perversiones.

ImagenEn los comienzos del cuento, un carpintero, Maese Cereza (por su nariz rubicunda), regala a un viejecillo vivaracho, Geppetto, un trozo de madera que gime y se ríe cada vez que pretende hacer algo con él.

Geppetto (a quien los niños llamaban burlonamente Panocha por su peluca amarilla como la panocha de maíz), comienza a modelar su muñeco con la intención futura de que éste le acompañe por el mundo, y pueda cantar y bailar. De modo que además de una compañía se ganaría algo para pan y vino. Y decide llamarlo con un nombre algo cercano a él, Pinocchio. Cada vez que traza un rasgo en la madera esta cobra vida autónoma y se ríe, le saca la lengua o crece su nariz desmedidamente, ante el estupor de este padre orfebre.

Los niños, como Pinocchio, aceptan ser modelados por sus padres, pero quieren dejar muy claro que ellos son los dueños de ese cuerpo, y que por medio de sus zonas de intercambio con la vida, nariz, ojos, boca, genitales, se relacionarán también con otros.

Tanto desea la autonomía el muñeco, que aprovechando que lo llevan de las manos para aprender a caminar, sale disparando y comienza un sin fin de aventuras que dan título al texto.

El cuento nos introduce en un viaje por la vida lleno de obstáculos, peligros, hambre y hasta la propia muerte, de la cual se salva milagrosamente. No muy distinto de esta aventura ritual para convertirnos en niños (o adultos) con nombre propio.

Pinocchio miente algunas veces porque confunde sus propios sueños con la realidad. No olvidemos que es un muñequito de pocos años, y la fantasía y el mundo no están muy diferenciados. Miente también para guardar y preservar unas monedas de oro, para que su “padre” pueda comprarse un abrigo y reparar los sinsabores que le ocasiona.

Miente por haber podido escapar del claustro hogareño y salir de la endogamia especular con Geppetto, pero miente además, para algún día retornar al hogar donde nació y reconocer el don de vida que recibió.

Pero especialmente miente, para que el Hada todopoderosa no se crea tan sabihonda y omnipotente, y así estos padres simbólicos (Geppetto y el Hada) no estén tan seguros de tenerlo para siempre a su lado.

Miente porque “puedes perderme” y si a ellos les “falta algo”, Pinocchio puede convertirse en un niño de carne y hueso y permitir de esta manera que Collodi, se detenga en la cadena de locuras y ponga un final a su inolvidable cuento.

Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.