Amor y muerte en Romeo y Julieta

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Los trágicos pasajes de su amor, sellado con la muerte, y la constante saña de sus padres, que nada pudo aplacar sino el fin de sus hijos, va a ser durante dos horas el asunto de nuestra representación. (Prólogo- Acto Primero)

Algunos minutos y no dos horas para utilizar como pretexto esta tragedia maravillosa y universal de Romeo y Julieta.

Maravillosa, ya que a través de sus frases, y diálogos podemos conocer el alma humana en sus aspectos más dulces y siniestros.

Universal, porqué después de muchos años, mantiene su permanencia actual en cuanto a la estructura de los hombres y mujeres. Cambian las máscaras de las épocas, pero el medioevo y el siglo XXI, albergan comunes denominadores del alma humana.

He debido renunciar por razones de tiempo y centrarme específicamente en el tema de los jóvenes y sus pulsiones de amor y de muerte.

En Verona en una plaza pública un grupo de muchachos de la casa Capuleto y Montesco nos recuerdan las características actuales de las pandillas juveniles: la trasgresión a las leyes, el desafío a la autoridad, las palabras soeces y provocadoras. Estas peleas callejeras demandan la continua aparición del orden y sus reglas encarnado en el personaje del Príncipe, quien separa, y condena estas reyertas. Si no está presente una ley que sancione lo permitido y lo prohibido, un grupo humano tiende a autodestruirse y no construir una cultura.

Dice el Príncipe: “Han turbado tres veces la quietud de nuestras calles; y los ancianos habitantes de Verona se han visto obligados a despojarse de sus ornamentos y prendas.”

Una de las frecuentes características juveniles, es el cuestionamiento de los valores antiguos y estables de una comuna, rompen la estabilidad del grupo que les antecede, y proponen un nuevo orden, pero aún desconocen el futuro anhelado y temido.

Sin embargo esta actitud desorbitante de algunos se contrarresta con el silencio meditativo de otros.

La madre de Romeo (Lady Montesco) pregunta a un amigo de su hijo (Benvolio) por él.

Romeo se esconde de los demás, está ensimismado, y lleno de suspiros:

Dice el padre (Montesco): “Mi triste hijo vuelve al hogar, huyendo de la luz, y se aprisiona en su estancia, cierra las ventanas, echa cerrojos a la hermosa luz del día y se forja a si propio una noche artificial.”

Descripción clara de momentos comunes en algunos jóvenes, que necesitan el retraimiento para desplegar su mundo interior. Sus fantasías son demasiado intensas y privadas para compartirlas con nadie. En la soledad o la contemplación cósmica, intentan ordenar su caos espiritual.

Romeo describe en su pesadumbre un tiempo demasiado largo por la espera de un amor que no llega. La temporalidad, se puede tornar eterna o brevísima ya que el tiempo subjetivo, especialmente en los jóvenes, no obedece a las leyes de la razón cronológica, sino a la atemporalidad del inconsciente.

Romeo comenta luego lo que me parece es la sabiduría descriptiva en Shakespeare, de las caras ilusorias y vulnerables del amor:

Romeo: “El amor es humo engendrado por el hálito de suspiros. Si lo alimentan, es chispeante fuego en los ojos de los enamorados. Si lo contrarían, un mar nutrido con lágrimas de amantes.” (Escena Primera, Acto Primero)

Luego mas adelante “ ¡Calla! Yo me he perdido, yo no estoy aquí. Este no es Romeo, Romeo está en otra parte.”

Quien de nosotros, que ha transitado esa época, no reconoce estos momentos cuando el Yo se percibe ajeno y excéntrico en su propio cuerpo. La sensación de desdoblamiento, incluso de despersonalización, asustan al joven, y nos muestran la dificultad para integrar un ser que por definición es desde siempre fragmentado.

Que le dice su amigo Benvolio ante su amor “encantado” de Rosalina: “Ven allá (se refiere a la fiesta de los Capuletos) y con ojos desapasionados convendrás conmigo que tu cisne es un cuervo.”

¿Pero se puede pedir a un corazón joven y enamorado la des-pasión? ¿Es posible esto? y si esto ocurre no es algo más preocupante que el exceso de la razón.

Su amigo actúa como tantos padres: sacar al joven no solo de estas fantasías amorosas, sino de ideas y convicciones que solo se pueden comprender a través de la mirada encandilada y juvenil.

La idealización, la negación de la realidad, el pedestal en que se coloca al Otro, hacen que se pueda transitar rápidamente de una situación de amo poderoso a esclavo sumiso.

La escena tres del Acto Primero: plantea la relación de una joven Julieta que cumplirá 14 años con la formalidad de su madre y la espontaneidad de su otra madre simbólica: la nodriza quien ha perdido una niña de la misma edad; parecería que Julieta condensa la frescura de su nodriza y el porte imperial de su familia Capuleto.

Cuando un adolescente crece, simultáneamente maduran (y envejecen) también sus progenitores. Estos anhelaran el niño que fue, palabras entrañables de la Nodriza recordando a Julieta pequeñita, cuando aún dependía de los adultos y con un cuerpo que ahora ha tomado otra morfología.

No solo Julieta se despide su niñez recordada por la nodriza, sino que con su cumpleaños inaugura un ciclo donde ella se prepara para casarse y salir del hogar familiar, con la alegría y tristeza de los adultos que la rodean.

Paris, es el novio que cumple las expectativas del deseo de los padres, y Julieta aún prendida de los hilos familiares, deberá aceptar ese deseo parental como propio.

Ya veremos más adelante que su amor desesperado y prohibido por Romeo, le brindará la ilusión de alejarse aún más de la casta familiar y encontrar un hombre que no pertenezca a la esfera del deseo de sus padres.

A veces el amor presta su máscara a la libertad y la autonomía de los jóvenes aunque el precio sea arriesgado hasta la muerte.

Estamos en la escena donde la pandilla de Montescos se introducen disfrazados para no ser reconocidos en la fiesta de capuletos.

Nuevamente el desafío, el erotismo de introducirse en un lugar vedado, y donde deben renunciar a su identidad propia, enmascarando sus huellas rivales.

Mercucio dice: “Dadme un estuche para colocar mi rostro (colocándose un antifaz) ¡Una careta para otra careta!, ¿Qué me importa que algún ojo curioso advierta ahora mis deformidades?”

Parecería hablarnos de las máscaras cambiantes de la juventud, el polimorfismo del cuerpo y el rostro. Así como la valorización y la importancia de la mirada del otro para conformar su identidad.

Es Mercucio también el que relata la influencia de la Reina Mab en los sueños de Romeo:

Esta Reina Hada de la mitología es descripta en los cuentos de la época como la madre de las hadas, y la que instila durante la noche la poción mágica de la ilusión amorosa

Sin embargo en el relato de Shakespeare (que influyó a Rubén Darío) La Reina Mab es la poética descripción del amor y la muerte, la esperanza y el odio, la picaresca y lo siniestro. (Escena IV del Acto Primero)

Con esta presentación, Romeo acepta entrar en la fiesta del enemigo, donde encontrará su amor y también por este, la prematura muerte.

Recordemos que en el baile Romeo se olvida rápidamente de Rosalina (su amor anterior) y queda fascinado a través de su máscara por la imagen de Julieta.

Es un baile donde se cruzan, se acercan, se alejan, con temor, con anhelo, y sorpresa. Ambos encarnan ese momento de fusión narcisista en que los otros desaparecen.

Cada uno de ellos descubren de que linaje provienen y la interdicción de acercamiento en estas familias enemigas.

Sin embargo sabemos que el fruto prohibido pude ser tan tentador como para perder cualquier paraíso y acrecentar justamente por su condición de interdicto, su deseo.

Julieta exclama al conocer la identidad de Romeo: ¡Mi único amor, nacido de mi único odio! ¡Demasiado pronto le vi., sin conocerlo, y demasiado tarde le he conocido!

Nosotros agregamos: ¿es posible un tiempo exacto para ese encuentro? o justamente, afirmamos, la característica del amor es mostrarnos ese tiempo que nunca encaja perfectamente, como el deseo de perfección nos empuja a creer.

¿Quién no conoce la inmortal escena del balcón de los amantes? (Escena II del acto segundo)

Pocas veces se han descrito con tanta intensidad el amor, su deseo de fusión y confundirse en una sola persona. Negando cualquier diferencia, negando cualquier renuncia, se intenta volver al mundo de lo completo. Dos o tres instantes de separación se viven como un abismo y el tiempo vuelve a jugar la prisa propia del inconsciente, en el que la satisfacción, tiene que ser inmediata y sin prórroga.

Julieta: ¡solo tu nombre es mi enemigo! ¡Porque tu eres tu mismo, seas o no Montesco!, y más adelante: ¡Romeo, rechaza tu nombre; y a cambio de ese nombre, que no forma parte de ti, tómame a mi toda entera!

Lo imaginario y la fascinación de este amor llevan a pedir que desaparezca la historia, para poder tomarse y confundirse. Pedazos de cuerpo para construir una sola unidad indivisible.

Romeo: “Con ligeras alas de amor franqueé estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor.”

Más adelante:

Julieta: “¿Quién fue tu guía para descubrir este sitio?”

Romeo: “Amor, que fue el primero que me incitó a indagar; él me prestó consejo y yo le presté mis ojos. No soy piloto; sin embargo aunque te hallaras tan lejos como la más extensa ribera que baña el mar lejano, me aventuraría por mercancía semejante.”

Los jóvenes (y adultos) comentamos con frecuencia: “no soy dueño de mi mismo”, (no soy piloto) pensamos poseer una fuerza inimaginable para obtener trofeos y vencer obstáculos; pero esa misma pasión que nos gobierna sabremos, siempre a posteriori, que puede también aniquilarnos o hacernos dormir para siempre.

Estas fuerzas antitéticas serán retomadas por Fray Lorenzo, al que acude Romeo para pedirle ayuda:

Fray Lorenzo: “La tierra que es madre naturaleza es también su tumba. Lo que es su fosa sepulcral, es su materno seno… Dentro del tierno cáliz de esta débil flor residen el veneno y el poder medicinal. Por ello oliéndola, deleita a todas y cada una de las partes del cuerpo; pero gustándola mata el corazón y los sentidos.”

En psicoanálisis Freud insistió, a pesar de las resistencias que suscitó su teoría, en la muerte y el odio destructivo, como una parte tan propiamente humana como el amor y la vida. Las pulsiones de Eros y Tánatos son inherentes al mismo ser y no separadas en aceras enfrentadas como solemos hacer defensivamente. Tendemos con frecuencia a ver lo demoníaco en el semejante y asumir solo cualidades en nosotros o nuestro entorno conocido.

Sin embargo como dice Fray Lorenzo: “De igual modo acampan siempre en el hombre y en las plantas dos potencias enemigas: la benignidad y la malignidad; y cuando predomina la peor, muy pronto la gangrena de la muerte devora aquella planta.”

Podríamos comentar: ¿Quién porta la miel y el veneno en cada familia? ¿Por quien votamos, por angelicales víctimas a Capuletos, o demoníacos verdugos a Montescos?

Lamentablemente los hijos con frecuencia portan los conflictos no resueltos de los padres, o los hijos representan en sus cuerpos o síntomas mentales, dramas familiares que demandan un chivo expiatorio.

Romeo, Julieta, sus amigos Tebaldo, Mercucio, pagan con sus vidas una pasión desmedida. Amores y solidaridades de amigos sin límites y más allá de la razón. Víctimas de la otra cara del amor. Verdugos de sus propios semejantes odiados, sin reconocer al otro en sus facetas polimorfas del bien y del mal.

Romeo y Julieta mueren para intentar saldar el drama de sus familias, pero su muerte es también la despedida de un mundo infantil y juvenil. Aquel pasado reciente, donde no existía lo imposible. Aquella niñez, que afortunadamente, como Julieta, duerme sin morir, en nuestro corazón de adultos.

Este trabajo fue presentado en Encuentro Teatralia, 10º Festival de artes escénicas para niños y jóvenes. Del 13 al 18 de marzo de 2006 en Alcalá de Henares, Madrid.

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