Dulces dieciseis

“Buen día Tristeza” de Francoise Sagan escrita durante su juventud y llevada al cine, desde mi punto de vista muy adecuadamente por Otto Premimger, relata los avatares de una adolescente que vive sola con su padre, siendo ella testigo de sus aventuras amorosas.
La infidelidad, lo imposible de un encuentro pleno, amoroso y sexualmente, así como el suicidio del último amor de su padre, producen en la protagonista, una caída de los ideales, así como duelos, que dan título al advenimiento de la tristeza.
El director, optó a partir de ese momento mostrar el film en blanco y negro, con una mirada de la protagonista en la incertidumbre propia del futuro de este momento de la vida.
La adolescencia como término (significante) entra recién en en el discurso a principio del siglo XIX.
Se ha hablado y es frecuente escuchar: crisis de la adolescencia, identidad y crisis, convulsiones identificatorias, etc.
Podemos también estudiar una fenomenología de la conducta del adolescente, pero esta amplia y pendular, olvida frecuentemente la singularidad del adolescente como sujeto.
Desde esta perspectiva psicopatológica se describen aspectos como los siguientes:
- Adhesiones a ideologías de una manera extrema o el llamado pasotismo no comprometido.
- Una representación de la temporalidad que recuerda por su inmediatez y precipitación a las características del proceso primario.
- Aislamiento del ambiente familiar o social, o una entrega a los fenómenos imaginarios de los grupos, con una devoción religiosa.
- Inhibiciones intelectuales y emocionales o manifestaciones exuberantes y explosivas de sus afectos. Quizás un control casi obsesivo ante el riesgo que su mundo interno pueda traslucirse, o desmoronarse. O en las situaciones segundas: la expresividad desmedida debidas a fallas en la represión y la simbolización, próximo a lo que consideramos actuaciones psicopáticas.
Freud en su célebre artículo “Tres ensayos de una teoría sexual” de 1905, le da a lo que él llama Pubertad una importancia fundamental.
Después de haber descrito las variaciones de la sexualidad infantil perversa y polimorfa, otorga a lo puberal un momento estructurante de la vida del ser humano en cuanto a la reactualización de aspectos infantiles, y reposicionamientos, especialmente a la sexuación.
Al contrario de otros autores de la época que otorgaban a la juventud, con sus cambios fisiológicos/hormonales el debut de la sexualidad y su elecciones de objeto, Freud plantea un camino ya en parte realizado en la infancia, especialmente en la triangulación edípica.
Pero es recién a partir de el momento puberal, y las posibilidades de la sexualidad exogámica, que se abandona el mundo de “todo es posible” a lo que es posible en parte, sin totalidad ni plenitudes. Quizás este duelo del paraíso que nunca existió en realidad, explicaría muchas de las manifestaciones de enfados y tristezas desmedidos.
En la adolescencia el sujeto aun no ha decidido respecto a sus elecciones objetales, homo o hetero sexuales y deberá rehacer el camino antes trazado en su infancia. Aun cuando en esta época de la vida esta elección en parte ya estuvo planteada, debe decidir y especialmente renunciar para una posición en cuanto a su existencia de ser sexuado.
Pero justamente para no caer en el determinismo de: “todo se juega antes de los cinco años”, es que pensamos que en la adolescencia y juventud las elecciones se volverán a plantear, aunque la estructura (neurótica- psicótica) esté pre-configurada.
Podemos ver en la adolescencia un polimorfismo sintomático que va desde lo esquizoide hasta las actuaciones auto o hetero agresivas, pero son un disfraz (que hay que tener en cuenta y atender por supuesto) frente al surgimiento de lo real propio de la pubertad.
Desde esta perspectiva no es tanto la aparición de los caracteres sexuales secundarios lo que desestabiliza al adolescente, sino pensar si el tiene o no los medios psíquicos para simbolizar esta aparición.
El solo hecho de la aparición de las eyaculaciones, o la turgencia mamaria, no le da al adolescente (o al ser humano) un saber a priori de la sexualidad. O en todo caso imagina determinados completamientos o relaciones sin fisuras de la relación con el otro.
Se imaginan (o nos imaginamos) una adquisición de un saber para el complemento de los sexos.
Por eso es frecuente en nuestra consulta psicoanalítica, cuando se muestran muy angustiados, porqué sus primeras relaciones no son como se las habían imaginado…
No cabe duda que se puede mejorar y aprender mucho (el éxito de los manuales eróticos), pero lo más duro de saber es justamente sobre lo imposible del encaje perfecto de las piezas de un humano con el otro (esto es lo que llamamos saber sobre la castración).
Hay una novela (fábula) escrita por Longo y que Lacan retoma a propósito de este tema:
Dafnis y Cloe, estos son dos niños abandonados por sus padres, y tomados en cuidados por los dioses. Crecen juntos, se conocen muy bien y siempre están solos (semejante al mito del buen salvaje de Rouseau).
Descubrirán durante su crecimiento todo lo que hay que conocer, todo salvo un enigma: ¿Qué hacen juntos un niño y una niña?.
“Dafnis pasará mucho tiempo tendido cual largo es, no sabiendo porqué parte aferrarse para hacer lo que tanto deseaba. Coge a Cloe, la levanta, la acuesta, la abrazaba por adelante y atrás, la volvía a levantar y bajar, pero cada vez se encontraba más insatisfecho.”
“Se sentó en el suelo y se puso a llorar su tontería de saber menos que las cabras: como debían llevarse a cabo las obras del amor.”
Entonces, “Pasa una mujer por allí y lleva a un lado a Dafnis para explicarle lo que debe hacer”.
Lacan retoma este cuento para hacer dos comentarios: la importancia de la presencia del Otro y su palabra para trasmitir a una experiencia inédita.
Pero y en esto se distancia de la fábula, en el conocimiento por el Otro, a menos que sea Dios, siempre hay un malentendido. (En esto también podríamos aplicar el error de pensar en la transmisión sin fisuras en la docencia).
Por lo tanto siempre habrá una parte de no saber, (de agujero), para cada sujeto. Y es frente a ese no poder saber: que el sujeto responde singularmente con síntomas que llamamos en este caso: adolescencia.
El psicoanálisis entonces, conoce la problemática del adolescente en el aérea social, y debería dialogar con los profesionales que intervienen en esa área, pero su objeto de estudio son los síntomas como respuestas individuales del sujeto de acuerdo a su estructura frente a ese real.
Ese real no se reduce al desarrollo hormonal, o a los caracteres sexuales secundarios, sino un cuerpo marcado por un discurso. Son las significaciones (apoyadas pero ahora ajenas al cuerpo) que cada adolescente da a esos órganos cambiantes.
No es entonces el estallido hormonal, sino como esa irrupción es tematizada de acuerdo a la historia de cada individuo. Un cuerpo marcado por el lenguaje desde el nacimiento deberá ser re-escrito en este momento de la vida.
Un estallido que no solo es hormonal, sino un momento que las palabras no alcanzan, fallan para dar cuenta de estas modificaciones corporales.
Frente a este surgimiento parecería, que a pesar de las oportunas explicaciones de padres o educadores, le son insuficientes los argumentos que poblaban su mundo infantil. (Frente a ese surgimiento el fantasma falla).
(Hay una discordancia que Lacan ha retomado muchas veces entre lo imaginario y lo simbólico)
Te estas haciendo un hombre, eres toda una mujer, de esta manera le hablan de un cambio de lo imaginario de su cuerpo. La nostalgia de la imagen del cuerpo infantil, da paso a la arrogancia o inhibiciones de la imagen puberal.
Este paso, suele ser problemático; pero mas difícil de enfrentar son los cambios en cuanto a identificaciones simbólicas.
La renuncia de la omnipotencia infantil, el duelo de los padres de la infancia, la separación de los objetos protectores familiares, la búsqueda de nuevas figuras identificatorias, lo preparan (o deberían preparar) para la invención de nuevas respuestas frente a eso inédito que como un volcán se despierta, y aún no puede comprender.
Quisiera comentar un fragmento clínico:
Un muchacho de 17 años es traído a mi consulta, porque ha dejado de estudiar, y cosa que no hacía antes contesta impertinentemente a los padres.
Lo llamaré Julián, la primera cita acepta venir pero si los padres no vienen a mi consulta. Yo acepto esta propuesta, aunque me es difícil explicarle a la madre que sería bueno postergar un poco la entrevista con ellos.
Sin embargo escucho a la madre por teléfono, quien me pide la consulta de su hijo, y me dice: era tan dulce, tan buen chico, como es posible ese cambio. ¿No será por drogas? Tiene un amigo íntimo del colegio que tiene malas pintas, y por el momento le hemos dicho que no lo traiga a casa, así que se comunica con él, en el instituto y por chat.
El primer día que conozco a Julián, llega unos veinte minutos mas tarde, ya que dice que pasó rápidamente por mi edificio, no vio el número y siguió dos calles más adelante.
Este comentario con respecto: más rápido, más adelante, más fuerte, más mujeres, más comida, lo escucho en las entrevistas siguientes (me hacen pensar en un chico bulímico, no de comida, donde la prisa es una manera de no detenerse y poder pensar algo).
Esto lo pienso pero no se lo digo, lo escucho contándome anécdotas de sus enfrentamientos en el colegio y con sus padres, ya que estos son siempre injustos con él y con sus amigos.
La injusticia, generalmente tiene con ver con ciertos límites que pautan sus padres o los profesores.
Me dice en una de las primeras sesiones: “Es que esto de hacerles caso a todos se terminó”, “ahora ponen cara de miedo, y eso que nunca los he amenazado”.
Yo le comento que posiblemente al haber crecido, el ha cambiado la manera de ver a sus padres y a otros adultos.
Me dice: “antes, mi padre, para mi era un padre que se esforzaba mucho en su trabajo para dar a sus hijos lo mejor, ahora lo veo como un pringado que cada rato no habla de otra cosa que sus ganas de jubilarse”.
Tanto viajar para que… , mi madre lo quiere, pero yo creo que él debe tener una amante.
¿Por qué?, le pregunto.
Porque mi padre está de buen ver, no parece que fuera a jubilarse, en cambio mi madre, así como está no podría ligar con nadie.
¿Como está?, le pregunto.
Gorda y controlándome todo el tiempo. No le gustan mis amigos.
¿Qué le pasa a tu madre, come mucho?
No, creo que se le han disparado las hormonas, me dijo algo de eso.
Le comento: bueno a tu madre se le han calmado las hormonas, al que se le han disparado me parece que es a ti.
Si a veces tengo unas ganas de, de…. (Hace un gesto de fuerza) no se si será que aun no follo, me dijeron que después que sabes follar cada vez te gusta mas y te quedas tranquilo. A mi me ponen las chicas, en el instituto dicen que con mi amigo somos maricones. Y a propósito nosotros hacemos cosas juntos para que ellos se queden pringados….
Paulatinamente pudimos comenzar a trabajar a la imagen nueva diferente de los padres, su relación con este amigo como un doble especular y sus aspectos de miedo y exhibición frente a lo sexual. Hubo un detalle curioso en la manera de saludarme cuando terminaba la sesión, me decía: adiós… cuídate…
Después de unas sesiones me animé a tomar ese aspecto transferencial, y preguntarle sobre esa forma de saludo.
Me respondió bah… es una chorrada, si total… no tiene importancia.
Ante mi comentario que era una manera más coloquial o amistosa, me dijo puede ser, como aquí va de conversaciones.
Sin embargo un tiempo después lo escuché decir: Mi madre quiere que cambie todo el mundo, ahora quiere que mi padre acepte la jubilación anticipada: es que no te cuidas, es que no te cuidas.
Esto nos permitió abordar, entre otras, el tema de las desidealizaciones, y de que manera él no aceptaba la renuncia de una época llena de cuidados. Una época del Peter Pan de nunca jamás, a la cual era tan tentadora de regresar. De esta manera atravesar la adolescencia es a pesar de los síntomas, (o gracias a ellos) una manera de despedirse de los adultos como dioses, ya que solo los dioses no necesitan cuidados.