Enfermar y curar en el psiquismo infantil

Las fronteras lábiles de lo normal y patológico en la infancia
Desde la medicina, especialmente la psiquiatría infantil, hemos aprendido que los niños “padecen” trastornos psíquicos originados por causas diversas que hemos dado en llamar policausalidad.
Los factores biológicos con sus descubrimientos en neurofisiología, neurotransmisores y los factores genéticos, están abriendo una serie de perspectivas futuras insospechadas hasta hace pocos años.
Los factores sociales, culturales y económicos han demostrado ser coadyudantes y complementarios en el surgimiento de sintomatología psicopatológica desde cuadros leves hasta la gravedad de la psicosis.
Los aspectos antes comentados entran dentro de los campos de la medicina, sociología y ciencias económicas.
Dentro de la perspectiva psicoanalítica, que es mi especialidad, hemos dado especial importancia a la construcción de la subjetividad del niño, sus deseos, su evolución psicosexual (no cronológica), el surgimiento de sus fantasías y, especialmente, el lugar del niño en la fantasía de los padres y cómo esta alteridad ha sido introyectada en el propio niño.
Cuando recibimos un niño por un “trastorno de conducta”, citamos primero a los padres. A veces causa extrañeza en ellos que el denominado “paciente” no asista (e incluso a veces no es necesario) a la consulta psicoanalítica.
El motivo es simple y complejo. La historia del niño comienza con la historia de sus padres y la relación con ellos. Cómo estos han elaborado su engarce en la cadena de filiación con sus deseos y prohibiciones. Las generaciones anteriores son importantes para estudiar qué aspectos identificatorios han influido en el devenir del niño por el cual se consulta.
Por ejemplo (y evitando toda generalización) un niño varón de 6 años, lleva el nombre del abuelo paterno: figura muy destacada y que ocupa un lugar sobresaliente en los ideales de la madre. Ni el padre, ni el niño a pesar de sus logros, pueden dar la talla frente a este héroe cuya hija no deja de anhelar. La vinculación edípica de esta madre con su propio padre parecería para nada resuelta. Y, es así que ante el mínimo “fracaso intelectual” o “rabietas” del niño este se aleja del ideal que su madre ha depositado en él.
La historia del niño comienza entonces, cuando esta pareja decide tener un hijo como condensación de su amor recíproco. A veces este proyecto es unilateral o accidental y sin embargo no impide asumir con generosidad y amor a esta criatura.
Otras veces el deseo unilateral de paternidad o maternidad, así como embarazos para “tapar” un duelo familiar, o una posible separación de los padres, tiene sus consecuencias sintomáticas en el desarrollo y comportamiento de este niño.
Obviamente y por suerte no existen los padres ideales ni los momentos ideales para “encargar” un hijo. Hacemos lo que nuestras historias nos permiten hacer. Pero si los efectos son poco favorables, hay que saber aceptar la ayuda de profesionales para resolver estas situaciones ya sea mediante consultas familiares o de uno de los miembros.
¿Por qué insistimos tanto en los primeros años de la vida de un ser humano?
Desde Freud, y los discípulos que han trabajado con niños: Ana Freud, Melanie Klein, D. Winnicott, Françoise Dolto, Maud Manonni, (por nombrar solo a algunos destacados), han subrayado la gran importancia de los primeros años de vida como cimientos afectivos, imaginarios y simbólicos en el devenir del bienestar o el sufrimiento psíquico del niño.
En el ser humano, su Yo, sus fantasías, sus deseos y la búsqueda de satisfacción están generados a partir del Otro. Este Otro que puede ser la madre como embajadora de lo cultural en los primeros años de vida, actúa no solo como sostén de su hijo sino como lugar desde donde se forja la subjetividad. Es decir, no hay un Yo autónomo o auto engendrado.
Estos primeros momentos han sido estudiados por diversos autores como momentos fundamentales en la construcción del aparato psíquico, y sus “fallas importantes” pueden producir sintomatologías psicosomáticas o psicóticas graves. Tema que los científicos de la neurología o genética han venido a confirmar: la herencia es la base orgánica esencial (el terreno predispuesto de Freud), pero sobre este campo se asienta la influencia desencadenante: las cualidades ínter- subjetivas de este ser.
Para Freud: Narcisismo primario, para Margaret Mahler: autismo primario y simbiosis normal del desarrollo, para Lacan: momento de alienación y separación. Aunque no son en absoluto homologables, intentan dar cuenta de la importancia del Otro como el lugar desde donde es inevitable pasar, para en un tiempo futuro, asimilar y seleccionar lo que se nos ha dado. Esta “apropiación singular” a veces fracasa: el niño sigue siendo un “pedazo” de la madre, con los efectos imaginables de una criatura que nunca puede tener voz propia. Parece un muñeco de un ventríluoco, y su única manera de individualizarse pueden ser sus síntomas psicopatológicos.
Cuantas veces episodios de incontinencia esfinteriana, insomnio pertinaz, anorexia, eczemas etc. son un intento “fallido” del niño para dejar de ser un objeto en la fantasía de la madre.
Cada autor es hijo de su época. Durante muchos años se hizo gran hincapié en la “buena” figura materna (sostén y frustración adecuada), esencial para el desarrollo “normal” del niño. La aparición de Lacan en el psicoanálisis trajo los aportes del estructuralismo, diferenciando la madre de la función materna, y el padre de la función paterna. Algo fundamental para terminar con ciertos desvíos biologisistas del psicoanalisis. Es decir, los lugares maternos y paternos pueden ser ocupados por humanos que cumplan esta función y no exclusivamente por la mujer/madre o el hombre/padre.
Este aspecto ha sido de mucha utilidad en la actualidad en cuanto a hijos de familias monoparentales o parejas homosexuales, cuya condición, no es para nada condicionante de psicopatología en estos niños.
Bajo la perspectiva estructural Lacan subrayará algunos momentos que asegurarán buenas condiciones para que el sujeto pueda enfrentar sus conflictos de una manera adecuada o con síntomas leves o transitorios, sin que sea necesaria la demanda terapéutica. Además del momento citado anteriormente de alienación y separación, son hitos en sus estudios la fase del espejo y la metáfora paterna.
La fase del espejo es la constatación experimental de cómo el niño se refleja en su plenitud y “niega” su incompletud. Este reflejo no es solo literalmente en el espejo, sino en el rostro humano que le devuelve esta imagen de modelo ya armado. Como si las piezas de su cuerpo “imaginariamente” estuvieran soldadas protegiéndolo de la angustia de fragmentación.
Es la función materna la que le permite no quedar fijado en este momento imaginario y salir de esta posible captura para ver más allá de la imagen, es decir, permitirle el acceso al mundo simbólico. Reconocer que por ese otro soy yo, y que sin el otro desaparezco, y los niveles de tensión agresiva que esto conlleva.
Algunas veces fobias graves, estados de extrema dependencia, pensamientos operativos excesivos, patología psicosomática de los primeros años de vida, expresan las dificultades del niño para haber podido acceder a un mundo representacional que le permita estar en soledad física pero con un escenario mental que lo tranquiliza y lo acompaña (D. Winicott).
Precisamente para poder separarse de la literalidad de lo imaginario, Lacan desarrolla la función paterna como “alguien” que corta la fusión con la función materna y permite que el niño pueble su mundo representacional sin la necesidad constante de la continuidad con el otro. De esta manera surge el deseo, como un intento de recuperar ese paraíso perdido para siempre y que en realidad nunca existió excepto en los cuentos infantiles donde el lugar uterino, está metaforizado en muchos escenarios lúdicos.
Un niño con oposicionismo constante, conductas regresivas para su edad evolutiva esperada, inhibiciones en el juego, etc. puede expresar de estas maneras que el terreno familiar “no está preparado” para que el niño pueda aceptar la satisfacción de sus deseos, a través de la capacidad de fantasear y las experiencias del juego y del dibujo.
Muchas de las conductas agresivas, impulsivas e inesperadas de algunos niños nos hablan de su incapacidad para resolver sus conflictos en el plano simbólico. Están seriamente bloqueados para jugar o dibujar.
Estos son medios fundamentales para mantener un equilibrio psíquico, incluso ante la angustia, por la re-aparición de deseos prohibidos y que fueron reprimidos en la infancia para poder acceder a la cultura.
¿Quien no ha escuchado que Freud describió y estudió “el Complejo de Edipo”? Efectivamente es una estructura donde se cristalizan una serie de fantasías, deseos, y especialmente pérdidas y postergaciones de logros. En lo que respecta a la “normalidad” del niño/a, en este momento se pone de manifiesto una pasión por un adulto del sexo opuesto y la intensa rivalidad y celos por el adulto del mismo sexo. La ambivalencia que había comenzado desde los primeros años de vida en este ámbito encuentra su máxima expresión.
Pero Freud describe también como normales los fenómenos de amor por el adulto del mismo sexo y la agresión hacia el adulto de diferente sexo. Este segundo escenario que Freud describe como la inversión del Edipo, es el que sin embargo permite consolidar identificaciones genéricas y deseos sexuales diferenciando lo que corresponde al género, masculino y femenino, del deseo heterosexual u homosexual que no sigue los parámetros genéricos en absoluto, y que terminaran de definirse después de la adolescencia.
Lo importante del Complejo de Edipo es que por primera vez el niño/a está en condiciones de aceptar y asimilar lo que ha venido escuchando desde que nació: qué es lo permitido y qué es lo prohibido. De esta manera podríamos decir que las renuncias anteriores: destete, expulsión inmediata de excrementos, dependencia absoluta hacia el Otro, se resignifican y “recién” desde el Edipo y “a posteriori” se elabora lo que Freud llama la castración.
Es decir, no solo miedo a perder una parte valiosa del cuerpo si transgrede una prohibición, sino también que esta ley le permite entrar en un orden de afiliación, inscribirse en una cadena generacional, y renunciar paulatinamente a la omnipotencia infantil.
Estas renuncias, cuya metáfora edípica, “con tu madre no”, le permite también continuar con lo que había iniciado en el destete: el desplazamiento del deseo hacia otros objetos de satisfacción, que lo llevan de la endogamia a la exogamia necesaria para el desarrollo de la cultura.
Entonces, ¿qué enferma mentalmente y qué cura a un niño? Con el riesgo del reduccionismo que implican las conclusiones podríamos decir:
- Cuando la fusión necesaria de los primeros momentos de vida se bloquea y no da paso a procesos de separación y discontinuidad con el semejante.
- Cuando la imagen de su cuerpo no se unifica, porque hay serias carencias por ausencias crónicas del “espejo del semejante”. (Tristemente conocidas las regresiones casi psicóticas de los niños, por abandono en hospitales u orfelinatos).
- Cuando por esta falla grave anterior la angustia que aparecerá será llamada de fragmentación (se disuelve y se fragmenta el puzzle del Yo imaginario).
- Cuando los padres no le han transmitido con fuerza y con ejemplos, la importancia de la renuncia para poder simbolizar lo que se ha perdido.
- Cuando los padres no le presentan al niño la promesa y la alegría de los logros nuevos, que solo pueden surgir después de aceptar la castración de la plenitud y de la omnipotencia infantil.
Bibliografía recomendada
Françoise Dolto
- La causa de los niños. Ed Paidós. 1993
- Trastornos en la infancia. Ed Paidós. 1997
- La educación en el núcleo familiar. Ed. Paidós. 1999
Claudine Geissmann y Didier Houzel
- El niño, sus padres y el psicoanalista. Ed Síntesis. 2006
Francisco Palacio Espasa y Roland Dufour
- Diagnóstico estructural en el niño. Ed. Herder. 2003
Maud Mannoni
- La primera entrevista con el Psicoanalista. Ed Gedisa. 1973
- El niño, su “enfermedad” y los otros. Ed. Nueva Visión. 1979
Daniel N. Stern
- El mundo interpersonal del infante. Ed. Paidós. 1991
Donald Winnicott
- El hogar, nuestro punto de partida. Ed. Paidós. 1993
- Acerca de los Niños. Ed. Paidós. 1998