Visión y mirada

La percepción visual intenta dar a nuestro Yo una realidad de correspondencia exacta entre lo que percibimos y nuestras representaciones. Un espacio continuo, sin escisiones que definimos como imaginario.
Desde este punto de vista el Yo está formado por imágenes que justamente lo apaciguan para tapar cualquier indicio de no-correspondencia y no-continuidad entre este Yo y la alteridad. Las escenas que a menudo nos fascinan en el cine, producen en realidad que el sujeto que ve el objeto-cinematográfico quede en pasividad y no pueda mirar más allá de él mismo.
Sin embargo parecería que el cine clásico se ha preocupado desde sus comienzos por tratar de arrancar al espectador de su cómoda butaca. La tomas subjetivas (desde el punto de vista del sujeto de la acción), la cámara dirigiéndose al espectador, el actor hablando al público fuera de escena, etc. son intentos de pedir al público que él también construya la historia que ve.
La función del cine homogéneo o del cine pornográfico es ocultar esta antinomia entre el ojo y la mirada.
El cine que yo llamaría anamórfico, es aquel que promueve la inquietud del sujeto, su movimiento, su descongelamiento, para ser partícipe activo en la ficción cinematográfica y no solo una visión especularmente tranquilizadora.
El film anamórfico nos muestra manchas, algo que se introduce en la red simbólica de la historia y que está fuera de lugar. Se nos presenta como algo que sobresale, que nos obliga a preguntarnos. En definitiva, nos requiere imperiosamente con su presencia.
Este cuerpo extraño perturba la armonía de la imagen e introduce una dimensión inquietante. La función de un director como Lynch o Hitchcok en el campo del suspense, Bergman o Dreyer respecto al dolor de la existencia o Fellini y sus terrenos oníricos, por nombrar a unos pocos, es precisamente producir una mancha.
Una oreja humana separada del cuerpo descansa en un jardín familiar en “Terciopelo azul” de David Lynch; un hombre en un partido de tenis es el único que mira fijamente a la cámara en “Extraños en un tren” de Hitchcok; un varón semidesnudo con un sombrero en una sauna en “8 1/2” de Fellini; un partido de tenis sin pelota en “Blow up” de Antonioni. Son solo algunos ejemplos que nos hablan de un orden aparente de la vida cotidiana, alterado por esta secuencia extraña que nos requiere para ser mirada desde otro lugar.
La intención de mostrarlo todo es falsa. Solo vemos fragmentos de un todo y lo no visto, suscita el deseo de ver lo que no nos muestran.
Un niño corretea por un rojizo campo otoñal y entre las hojas, la cámara muestra sin detenerse los pies de un cadáver. Sin embargo el niño sigue jugando tranquilamente como si nada importante hubiera sucedido frente a nuestros ojos. “¿Pero… qué pasó con Harry?” de A. Hitchcok
Parecería que este aparente descuido y prisa por mostrar ese objeto es mostrar solamente su lugar de disparador y evocador de significados.
Este artículo también apareció en “Diván el Terrible”, publicación española de psicoanálisis y sociedad en la que soy miembro del consejo de redacción.