El niño y la ficción

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El ser humano intenta captar, capturar e inmortalizar algo de esto inabordable e intangible que es lo real. La poesía, las narraciones o el teatro, han sido maneras privilegiadas de dar cuenta de ese entorno, y a través de la mente de sus creadores, apropiarse y transmitir lo que nos rodea pero siempre teñido de las emociones que surgen desde lo mas profundo de nuestro ser.

El niño, sin poseer los conocimientos técnicos del artista, también construye y dispone de un espacio psíquico que le permite re-crear de una manera absolutamente propia y singular el mundo incognoscible.

Este espacio mental no es heredado. Algunas teorías biológicas confunden la predisposición genética con las elaboraciones simbólicas, pero éstas son posteriores y propias de la relación del niño con el semejante. Fundan la humanización, la entrada en la cultura con sus mitos que la constituyen y sobre todo, son una respuesta frente al mundo pulsional.

Freud insistió en este aspecto para diferenciar el Psicoanálisis de teorías instintuales y organicistas que tienen que ver con las ciencias médicas y no con la Psicología.

Estas primeras representaciones dan cuenta de algo o alguien que estimuló previamente sus percepciones (táctiles, olfativas, auditivas y especialmente visuales), pero su creación está íntimamente relacionada y causada por la ausencia del objeto primario (la madre o los otros).

Diversas teorías psicológicas que pueden ser discrepantes coinciden en un aspecto esencial, el mundo psíquico como respuesta al vacío:

  1. El niño recrea lo ausente (Henry Wallon).
  2. Representa lo que ya no está, pero que tuvo que estar (Jean Piaget).
  3. Alucina el objeto ausente (Melanie Klein, S. Freud).
  4. Los símbolos son necesarios para superar la pérdida de objeto. Este nuevo objeto interno (primera red representacional de simbolización) es una creación del sujeto, nunca un duplicado a manera de copia o calco fotográfico (Hanna Segal).
  5. Solo ante la experiencia de estar separado y haber perdido, es cuando la representación simbólica entra en juego. No existe una adecuada entrada en el mundo ficcional sin haber superado la etapa previa de simbiosis, a la cual le seguirá la de separación e individuación (Margaret Mahler).
  6. La creación de las primeras fantasías inconscientes (fantasma) es un intento de respuesta del ser humano frente a los enigmas de su existencia. Previamente hubo un tiempo de alienación y luego de separación, y es en éste donde se inaugura la subjetividad humana (Jaques Lacan).
  7. Es en el momento que el lactante puede admitir la ausencia de los otros, cuando recién puede pensar “no hay pecho, luego hay pensamiento” (W. Bion).

Aprehender la realidad, incorporar al semejante (introyección freudiana), responder a la demanda del otro (Lacan), no es un simple acto perceptivo y de asimilación neuronal. El ser humano desde su primer año de vida coge una porción del mundo y construye activamente y singularmente un nuevo mundo propio interno, escenario de lo ficcional.

En el mundo exterior también hay algo que el niño proyecta previamente otorgándole (animismo infantil) una vida propia. Es común escuchar la expresión “puerta mala” cuando por su inmadurez motora se golpea con una, dándole vida a un objeto inanimado. Este transitivismo característico de la primera infancia nos muestra lo endeble de la frontera entre el interior, lo mental, y la realidad.

Lo que del niño se proyectó afuera es luego recapturado como si perteneciera a la alteridad y no a sus propios deseos y fantasías. La característica esencial del hombre es construir una realidad que, mediante la dialéctica de proyecciones e introyecciones, siempre está impregnada de subjetividad.

Freud retoma el concepto de G. T. Fechner (1889), según el cual “el escenario de los sueños es otro que el de la vida de representaciones de vigilia”. Este escenario interior u otra escena, estructurado en el inconsciente, adquiere una especial dimensión dinámica donde a manera de una puesta teatral, los personajes interactúan con sus deseos, temores, normas, prohibiciones, ideales y fracturas narcisistas.

En 1897 Freud le escribe a su amigo y confidente Fleiss, sobre la importancia fundamental de la fantasía en la causa de las patologías mentales. Las construcciones de la ficción poseen un estatus de verdad para el sujeto que lo organizan, estructuran y enferman como antes se consideraba con los agentes tóxicos exteriores.

A través de la ficción el niño se enfrenta a sus deseos, preocupaciones y anhelos, y los expresa por medio de los soportes imaginarios que la cultura le ofrece. Inventa historias y fabulaciones, poniéndonos a veces en el aprieto de evaluar su discriminación con la realidad. Los cuentos infantiles o los dibujos animados, juegan con esta labilidad interno/externo. Más adelante el niño establecerá unas lineas más nítidas entre lo imaginario (fantasía) y la realidad, permitiéndose el espacio que llamamos como-si, o representación simbólica, donde se sabe que lo que se juega, dibuja o dramatiza es solo un delegado de la realidad.

Al principio el niño toma lo representado literalmente. Si aparece un policía o un dragón en un film, para el no hay duda de que ésto es el objeto y no una representación del mismo. De ahí la importancia de esperar que el niño pueda discriminar mínimamente para poder llevarlo a espectáculos infantiles.

Cuando los padres dicen “ahora ya no se asusta” o “ya se da cuenta que es de mentira”, suelen ser indicadores, y no solo por el desarrollo evolutivo, de cuando el niño está en condiciones de aceptar y asumir lo fascinante del mundo ficcional. Sin embargo, los niños con patologías graves como psicosis, neurosis graves, borderline (no intelectual sino con síntomas neuróticos y psicóticos) o histerias (la capacidad de fabulación es muy acentuada), deberían ser evaluados sobre la conveniencia de asistir a determinados espectáculos infantiles.

Las dramatizaciones de los juegos del niño expresan sin él saberlo, las modalidades de su mundo pulsional. La transformación de experiencias vividas pasivamente en activas, le convierten en el director de escena de las mismas. Cuantas veces hemos visto a un niño que regresa de una consulta del dentista, abriéndole la boca a su muñeco o a un dócil animal de su casa. Otros niños escenifican su mundo interno mediante dibujos:

En diciembre una niña dibuja una pareja y su maravilloso recién nacido (María, José, y el niño Jesús). Me dice “este bebé tiene todo, animales, muchos regalos y hasta tres reyes que le traen al niño lo que desea”. Encima del belén dibuja un ángel cuyas dimensiones y colorido superan a los demás personajes del dibujo y que casualmente lleva su nombre.

Se trata de una niña de cinco años que tiene un hermanito de uno, con dificultades para aceptar al nuevo miembro de la familia y que le quitó el lugar de privilegio que ella tuvo durante cuatro años. Sus síntomas eran crisis de angustia, dificultad para acatar pautas especialmente de la madre y pesadillas. Su escenificación del belén era todo lo contrario (formación reactiva) de lo que ella deseaba para el nuevo príncipe heredero. Estuvo en tratamiento psicoanalítico durante 10 meses donde pudo elaborar sus celos, rivalidad fraterna, y como las diferencias sexuales (varón-mujer) a veces, son negadas mediante mecanismos rígidos.

Es muy frecuente que los niños cojan situaciones de la vida cotidiana que están viviendo, como en este caso las navidades, para servirse de estos elementos como soportes o pretextos de sus fantasías conscientes e inconscientes (restos diurnos).

Los padres piensan que ciertos dibujos o dramatizaciones están relacionados solamente, con lo que los niños percibieron en los últimos días. Lo que el psicoanálisis estudia y sobre todo descubre, es que el niño se apoya en estos elementos de la realidad para crear una ficción propia y singular donde puede expresar sin ser consciente de ello sus temores, amores, odios en fin, lo que Freud no cesó de repetir, pulsiones de vida y muerte.

Si en algo aventaja el niño al adulto, a pesar de su vulnerabilidad física, es en poder transitar la frontera entre mundo exterior e interior (el teatro ficcional) con facilidad y rapidez.

La fantasía narrada, escenificada, dibujada o pensada como en los adultos, es la más importante, bella y terrible manera de acceder y comprender los laberintos del ser humano. Freud decía que los sueños son la vía regia para acceder al inconsciente. En los niños además, encontramos todas estas otras ficciones llenas de verdades.

El adulto se avergüenza de su fantasía como si se tratara de algo infantil y prohibido. Freud se preguntaba si estamos autorizados para comparar al creador literario con el soñante en pleno día. La vida interior del escritor y sus conflictos, son representados a través del protagonista-antagonista y otros personajes.

Su Yo estalla en múltiples roles, permitiendo el juego de las semejanzas y diferencias especulares. Especialmente es el héroe quien requiere nuestra identificación. Véase la fuerza con que los niños asimilan los personajes llenos de heroicidad. Pero a diferencia del niño, al escritor le exigimos algo más que el simple exorcismo de sus ficciones y dramas. Cuando se alcanza este nivel más allá de lo catártico o expresivo, estamos ante una obra creativa que trascenderá lo estrictamente individual del autor.

A pesar de la transparencia del mundo privado en la infancia nadie, ni padres, educadores o psicoanalistas, es poseedor del pleno sentido de lo que nos muestra la ficción. Incluso el propio autor de un dibujo posee puntos ciegos, resistencias y secretos que hay que mantener bajo el disfraz. Es una dimensión de lo inexpresado que hay que respetar, como señala O. Mannoni en “La otra escena”. Para D. Winnicott “el terapeuta que sabe demasiado sobre la creatividad del paciente puede robársela con facilidad”.

Es frecuente omitir, quizás porque anteriormente se le daba importancia, un paso previo fundamental en la historia del ser que se convertirá en un sujeto (niño o adulto). El bebé necesita un primer nivel de satisfacción de necesidades y reaseguramientos físicos y amorosos para que desde allí pueda surgir como ser deseante. Todos los autores, con diferentes términos, hablan de un período inicial de simbiosis o alienación con el otro cuidador (madre en el entorno de Winnicott). Tras esta simbiosis podrá, mediante un juego de deseos de sus padres, separarse.

La madre, o para ser más exactos la función materna, desplaza sus deseos a otros lugares que no sean la exclusividad mortuoria para con el niño. Y el padre como función se introduce, no sin dificultad, en el intersticio madre-bebé. En sus diferentes posiciones, permiten el segundo momento constitutivo del ser que es la separación y desde allí, los embriones de la simbolización.

Las posibilidades identificatorias ulteriores, los distintos personajes que nos constituyen y pueblan el teatro interior, surgen solamente después de que el niño elabore esta separación gosoza con el cuerpo de la madre. Los niños con dificultades para identificarse con personajes del teatro o cuentos, no se han constituido propiamente como sujetos para jugar al desdoblamiento que se les demanda.

Esta subjetividad se adquiere sobre el fondo de presencia y ausencia de la función materna y el tercer elemento, la función paterna. De esto son ejemplo, los juegos frecuentes de esconderse y ser encontrado, desaparecer y aparecer. Después de unos momentos de ausencia, renacer.

En los niños que no han sufrido perturbaciones en los momentos constitutivos del ser, la ficción con su dosis de principio de placer y otras leyes del inconsciente, le permite superar, tolerar y aceptar la pruebas que la realidad le impone.

Desde que nace, el niño aprende los frenos a la anarquía de sus deseos, la cultura tiene precios altos, pero de esta manera los deseos encuentran otras vías sublimatorias para la humanización. La fantasía, el escenario interior y lo reprimido, donde se asienta la verdad del sujeto, permiten momentos de mutación y desplazamiento del deseo.

Aclaremos que nos referimos a otra verdad que la de la moral imperante o la observable por el microscopio del científico.

Los frenos a la pura y caótica expresión del deseo marcan al sujeto en cada etapa de su vida y es lo que llamamos en psicoanálisis, castración. O tomando una sabia expresión de F. Doltó “castración con valor, generadora de simbolización”.

Bibliografía recomendada

  • Anderson, Robin (compilador): “Conferencias clínicas sobre Klein y Bion”. Paidós Ed., Argentina 1994
  • Freud, Sigmund: “La afasia”. Nueva Visión Ed., Argentina 1987
  • Freud, Sigmund: “Fragmentos de la correspondencia con Fleiss”. Amorrortu Ed. Argentina 1992. Volumen 1
  • Freud, Sigmund: “El trabajo del sueño”. Amorrortu Ed. Argentina. 1992. Capítulo 6 del Vol. 4
  • Freud, Sigmund: “El creador literario y el fantaseo”. Amorrortu Ed. Argentina 1992. Volumen 9
  • Korman, Víctor: “El inconsciente en la literatura de ficción”. Revista “Tres al cuarto” Nº5, Paidós. Barcelona 1999
  • Mannoni, Maud: “La otra escena: claves de lo imaginario”. Amorrortu Ed. Argentina 1973
  • Mannoni, Maud: “Amor, odio, separación. Reencontrarse con la lengua perdida de la infancia”. Nueva Visión Ed. Argentina 1987
  • Puloski M.A.S.: “El desarrollo de la mente infantil según Piaget”. Paidos Ed. España 1981
  • Rodolfo, Ricardo: “El niño y el significante”. Paidós Ed. Argentina 1989
  • Rodolfo, Marisa: “El niño del dibujo”. Paidós Ed. Argentina 1992
  • Segal, Hanna: “Sueño, fantasía y arte”. Nueva Visión Ed. Argentina 1995
  • Widlöcher, Daniel: “Los dibujos de los niños”. Herder Ed. España 1988
  • Winnicott, Donald: “Acerca de los niños”. Paidós Ed. Argentina 1998